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Política / « La irrupción de la alternativa ciudadana»
    Fecha: 25 de Abril del 2011 | Reportero(a) Manuel Cabrera

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*La irrupción de la alternativa ciudadana: Carlos Salinas de Gortari
La irrupción de la alternativa ciudadana
 

La Revolución de los Ciudadanos que empezó en Egipto el 25 de enero del 2011, tuvo su momento culminante tres días después en El Cairo y 12 provincias. Excepto por el ejército, para entonces el gobierno ya no funcionaba, y casi todos los cuarteles de policía habían sido destruidos. Los dos millones de miembros del aparato represivo habían desaparecido. Pero los hechos más notables fueron relatados por un testigo presencial en la Plaza de Tahrir, Mohammed Bamyeh: el primero fue que comités populares asumieron las responsabilidades de seguridad en los barrios, “estimulados por un orgullo colectivo al darse cuenta que personas que no se conocían podían actuar juntas, intencionalmente y con un propósito… con un sentimiento de asombro al descubrir su barrio nuevamente… precisamente de la desaparición del gobierno surgió una ética noble, de comunidad y solidaridad, atención a los demás, respeto por la dignidad de todos, sentimiento de responsabilidad personal por cada uno”.


El segundo fue que los sucesos definitorios del viernes 28 de enero ocurrieron en un día en el que todas las comunicaciones, “incluyendo internet y los teléfonos, estaban canceladas”. Y si bien los jóvenes fueron la fuerza motriz los primeros días, “la revolución se volvió rápidamente nacional en todos los sentidos… con personas de todas las edades, clases sociales, hombres y mujeres, musulmanes y cristianos, campesinos y habitantes urbanos… con una implicación profunda, casi espiritual, de la noción de ‘pueblo’ como un todo que se puso en movimiento”.


La lucha en las calles y los debates entre participantes se volvieron eventos cotidianos. Finalmente el ejército egipcio no reprimió a sus ciudadanos, a diferencia del francés en 1870 contra la Comuna. Fue una revolución donde las demandas básicas fueron “respeto para los ciudadanos, la dignidad, y el derecho natural a participar en la construcción del sistema que gobierna sobre ellos”. Es así como, de manera espontánea o deliberada, estas revoluciones ciudadanas muestran que hay otro camino.


Hoy vivimos un movimiento pendular. Al final de la primera década del siglo XXI el mundo padeció una crisis económica sin paralelo en esta generación. El capital especulativo dedicó veinticinco veces más recursos a la especulación que a la inversión productiva. Un monto extraordinario de endeudamiento y nuevos instrumentos llamados derivados, los cuales sin regulación adecuada se convirtieron en las verdaderas “armas de destrucción masiva”, enmarcaron esa crisis económica durante 2008-2009. Esto provocó un golpe de péndulo: durante varias décadas se dijo que el mercado era la solución. Esa crisis exigió entonces que los Estados nacionales intervinieran para salvar al mercado. Se mencionó incluso que estábamos ante un “capitalismo de Estado” y algunos hasta hablaron del nuevo socialismo. En realidad, se utilizó al Estado para subsidiar al capital. Y el movimiento pendular llevó incluso a los diarios financieros internacionales a editorializar: “Hay que nacionalizar para salvar al libre mercado”.


América Latina ya ha padecido estos golpes del péndulo, y tal vez por eso en nuestros países sigue debatiéndose solamente entre los abusos del mercado bajo el neoliberalismo o la dependencia del Estado con los neopopulistas. La Revolución Ciudadana en el norte de África muestra que los pueblos están construyendo otra opción. Y las experiencias organizativas y participativas en nuestros países confirman que puede edificarse una alternativa democrática y republicana.


Se trata de ir más allá de los ciudadanos que sólo votan o consumen. Nos muestra en los hechos que los ciudadanos exigen dejar de ser objetos del paternalismo estatal o del abuso mercantil, para convertirse en sujetos de las transformaciones de su destino. El sentido fundacional de la palabra democracia es “el pueblo en el poder”. Y su adjetivo republicano significa el ejercicio del poder por el pueblo organizado, en beneficio del pueblo mismo.

La Democracia Republicana como alternativa frente al neoliberalismo y al neopopulismo reconoce, claro está, la importancia de la renovación periódica de gobierno a través de elecciones libres, pero no se agota ahí. La vía electoral es apenas un primer paso. Y el avance democrático en América Latina no puede quedarse solamente en ese paso inicial. Conviene promover activamente la nueva revolución ciudadana.


En México tenemos un debate intelectual empobrecido donde las dos opciones dominantes, neoliberalismo y el neopopulismo, encabezados por sus intelectuales orgánicos (Gramsci dixit), han decidido apostarle a una idea disminuida de la democracia: ambos postulan una democracia sin adjetivos, anodina, endeble. Pugnan por un sistema de individuos aislados mediante programas asistenciales focalizados, o bien por reeditar, perfeccionándolo, el método del acarreo, es decir, el de las masas disponibles a través del clientelismo estatal. Pero hoy la República está en riesgo: por la inseguridad y la violencia, tanto la de los cárteles de la droga como la más grave: la violencia cotidiana, sistemática de la pobreza contra la mayoría de la población.


También en peligro por la polarización política y la insuficiente generación de oportunidades económicas, que aunada al deficiente sistema educativo han colocado a más de cinco millones de jóvenes en situación en la que ni estudian ni trabajan.

Cuando la República está en riesgo, hay que regresar a las raíces. Por eso, recordar que la polis de Aristóteles fue traducida por Cicerón como la res pública y la definición que nos dejó la conocemos porque la recogió San Agustín: “La república es la asociación de muchos, hermanados por un sentido común de justicia”, “la propiedad del pueblo”. El concepto, además, nace estrechamente asociado al de “comunidad”, que implica la “colaboración mutua y el común acuerdo”. El republicanismo original es indisociable de la democracia clásica: el gobierno por el pueblo y para el pueblo.


En la propuesta de la Democracia Republicana, la ciudadanía no se concede en función de la edad o el origen de las personas. Muy por encima del mero reconocimiento legal, la calidad de ciudadano, de hecho, no se otorga: se gana a través de la participación diaria, organizada y autónoma. No se es ciudadano para poder participar sino que es preciso participar para alcanzar la ciudadanía. Se trata de recuperar el concepto republicano de “virtud” que no es la acumulación de riqueza sino “el compromiso participativo de los ciudadanos con el bien de la polis, aun por encima de sus propios intereses”. Sin esa virtud quedan sin aliento las mejores leyes e instituciones.


Esta alternativa propone como prioridad central la soberanía y la justicia, con su adjetivo social, porque en una comunidad con profundas disparidades los ciudadanos no se reconocen con intereses comunes ni partícipes de una sociedad justa y, por ende, resulta improbable el compromiso cívico. Los ciudadanos tienen que abrir las puertas para que como individuos de una sociedad se organicen y hagan por sí mismos lo que nadie hará por ellos. Lo hacen de manera organizada, en organizaciones territoriales o vinculadas a la producción. Se involucran en la vida ciudadana mediante el diálogo y el debate, al tiempo que promueven la organización. Expresan su opinión y sus diferencias en reuniones y asambleas. Tras el diálogo y el debate, pasan a la acción a través de grupos y organizaciones autónomas, al margen de toda intervención del Estado.


En el terreno de la producción, esta autonomía respecto al Estado le abre una ruta de participación a la democracia industrial y a la economía social; así se podrá enfrentar un sistema económico que, al funcionar mediante ciclos alternos de expansión y crisis, pone a los ciudadanos (en particular a los trabajadores) ante un riesgo permanente, colectivo y social. En la democracia republicana la organización de los trabajadores debe promoverse desde posiciones estratégicas, aquellas que tienen la capacidad de interrumpir la producción y el intercambio, lo que permite poner en juego la extraordinaria posibilidad de obligar a otros poderes a revisar o modificar sus decisiones. Culminan sus alianzas con empresarios innovadores, aquellos que no copian sino crean, y quienes mediante sus innovaciones promueven el progreso sustentable.


Para que la participación social sea de verdad democrática y republicana, no basta con que muchos asistan a movilizaciones o marchas de protesta, o que las estadísticas registren porcentajes elevados de aprobación del gobernante en turno; es preciso, incluso prioritario, que sean los ciudadanos organizados quienes tomen las decisiones. Los ciudadanos ejercen entonces el poder, pero no por el poder mismo sino en pos de metas esenciales: fortalecer la soberanía, alcanzar la justicia social para la libertad, lograr el progreso sustentable, recuperar el control del territorio nacional y consolidar las instituciones. Y antes de establecer un listado de políticas públicas, proceden a pensar estratégicamente, con un papel indispensable para las mujeres y los jóvenes.


Intervenir en los asuntos públicos sin anular los rasgos que los distinguen como personas, les permite a los ciudadanos alcanzar fines comunes y, al mismo tiempo, afirmarse en su singularidad. Conscientes de que los hombres son interdependientes en sociedad, se forjan en las actividades colectivas sin sacrificar su individualidad. La acción colectiva alimenta en ellos el sentido de la justicia y la solidaridad.


Cuando se participa de manera organizada se aprende a gobernar gobernando; se descubre también la forma de asumir y asignar responsabilidades. Al interactuar en instituciones de autogobierno, los ciudadanos se instruyen en el arte de administrar y hacer política.


¿Utopía irrealizable en sociedades de masas bajo el capital especulativo? En mi reciente libro Democracia Republicana. Ni Estado ni mercado. Una alternativa ciudadana procuré detallar los pasos concretos que permiten a los individuos organizados y participativos construir ciudadanía, así como experiencias recientes en diversos países que confirman la viabilidad de esta alternativa.


Durante mi gobierno probamos que era posible que los más pobres se empoderaran mediante un programa social participativo y de amplio alcance al que llamamos Solidaridad. El programa se construyó sobre las bases de las tradiciones participativas de las comunidades mexicanas (tequio en Oaxaca; sulaltéquetl en ciertos barrios de la ciudad de México; fajinas en Puebla; fatigas en las zonas rurales de Nuevo León y jale en varias ciudades del noroeste). Esta alternativa sin duda se enriquece y magnifica hoy con las características de la revolución árabe señaladas al inicio. Y es el único antídoto, en cualquier latitud, frente a posibles cambios de dirección en los vientos democratizadores.


Se trata, en suma, de garantizar la libertad de las personas a través de un humanismo comprometido con la virtud y el sentido de la ciudadanía, que reconsidere la importancia de la participación, intensifique el sentimiento de pertenencia republicana y, como colofón de todo esto, propicie una revolución del lenguaje y los conceptos vinculados a los ideales democráticos. Hace cinco siglos la aparición y consolidación de una corriente humanista y republicana permitió dejar atrás el oscurantismo medieval; hoy representa una oportunidad para vencer los obstáculos que un mercado abusivo y un Estado opresivo le oponen a la soberanía y a la justicia para hacer realidad la libertad.

*Ex presidente de México (Periodico Reforma)

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Francisco J. dijo...

Excelente ensayo , ojalá tuviesemos mas pensadores ilustres como Don Carlos en nuestro país ... que gran diferencia de enfoque , de un expresidente constructivo a nuestro actual presidente destructivo.

Fecha: 2011-04-26 12:31:14


Ariel Luis dijo...

Felicidades al Expresidente Carlos Salinas de Gortari : Este es el mejor camino para lograr en Mèxico ,los verdaderos cambios que todos hemos anhelado por decadas y que por intereses mezquinos, a veces extranjeros nos se han podido realizar. Desde su administraciòn admiro sus propuestas, que significan un cambio de paradigmas, cambios en el subconciente colectivo, primero individual y social; sin embargo, aqui radica el principal obstàculo para que pueda funcionar en Mèxico, que todos queremos que cambien todos y no nos damos cuenta que el cambio empieza por cada uno primero y luego se suman esas fuerzas para los cambios sociales. Todavia se puede, pero tiene que haber el liderazgo que comprenda e implemente este mecanismo. Y para empezar la mayoria de los politicos operativos, burocratas del gobierno y los partidos politicos no lo entienden y tampoco quieren cambiar. La forma que se puede lograr es a travès de las redes sociales orientadas hacia este propòsito. Podrìa el Ex presidente Salinas apoyar està soluciòn? formaciòn del tejido de las redes sociales a lo que se llamarìa : Capitalismo social. En sintesis crear riqueza a traves del cambio y esfuerzo personal. Gracias, P.D. lei a destiempo el ensayo pero sigue vigente, y la solucion somos todos. Falta la organizaciòn en este sentido. Gracias

Fecha: 2015-08-01 08:56:26


José Jacobo nazar Morales dijo...

Felicito a Don Carlos por su lucidez y visión estadista, somos muchos mexicanos que vislumbramos el resurgiendo de la ciudadanía organizada y con planteamientos claros reales y que posibiliten una nueva visión de desarrollo y de fortalecimiento a la democracia de la sociedad y del pueblo en el gobierno la democracia es una actitud de conciencia vinculada estrechamente a la sensibilidad humana y al respeto al derecho. Felicito a Don Carlos Salinas y cuenta un ferviente defensor de la posición.

Fecha: 2015-08-02 16:28:13


 



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