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Universidad y Cultura / « Infierno en la imaginación »
    Fecha: 15 de Febrero del 2021 | Reportero(a) Manuel Cabrera

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*Por Jesús Chávez Marín
Infierno en la imaginación
 

Los dolores del cuerpo pueden llegar a ser espantosos, pero, por muy intensos que sean, tienen una curva que va declinando hacia el alivio. En cambio, los dolores que se instalan en el pensamiento, cuyo origen son hechos traumáticos o ideas obsesivas, van en una línea recta que parece infinita.

Esto lo vengo a saber muchos años después de que me sucedió literalmente un viaje, que parecía infinito, hacia la aniquilación. Tenía yo 11 años de edad y era muy religioso, asistía a misa todos los días muy temprano, porque ayudaba como monaguillo en la parroquia de mi barrio.

Como parte de mi preparación para ese ministerio que regularmente desempeñan los niños en los oficios católicos, asistí a un curso que impartió una señorita muy hermosa, pero que era literalmente fanática del infierno. Yo no sé dónde habrá aprendido ella fundamentos de teología, pero tenía una imaginación delirante para describir las penas del infierno y, sobre todo, los causes de la condenación eterna.

De una manera irresponsable nos describió durante muchas horas un mundo fantasioso hecho de oscuridad y tormentos, a los que lleva el pecado. No le importaba a la catequista que su auditorio estuviera formado por niños y adolescentes, pues parecía solazarse en la cruda descripción de cada uno de los siete pecados capitales.

En los recesos nos servían un licor casero llamado sangría, que hacían a base de vino tinto diluido con limonada, en una dosis que por supuesto contenía alcohol, pero que era delicioso; supongo que para muchos fue nuestra primera experiencia de embriaguez, porque lo era, al menos a mí me produjo una conexión muy extraña entre lo que tomábamos en esos recreos y los actos espantosos que contaba en el curso la señorita guapa.

El caso es que, sin proponérselo, o tal vez sí, puso en los hombros de unos niños una carga pesada.

Hasta entonces mi conciencia había sido la que supongo es lo normal, me sentía culpable por un pleito que sucedió hacía algunos días. Natividad Bonilla, un compañero de mi salón de esos que siempre andan molestando a alguien, se burlaba de mí cada rato llamándome monaguillo robaveintes. Me daba mucho coraje que me dijera así, pero él en cuanto me veía entrar o salir me gritaba, luciéndose, porque seguramente le parecía muy ingenioso el mote que me había encajado.

En la escuela yo manejaba con discreción mi oficio de acólito, y ahora todos mis compañeros lo supieron, por culpa de ese payaso.

Un mal día acabó de llenarme el hígado de piedritas, poquito antes de la hora de entrada. Estaba platicando con Lourdes Buendía, cuando entró gritando la misma cantaleta de siempre: monaguillo robaveintes. Esa vez me sentí más humillado, por habérmelo dicho delante de nuestra compañera.

Entonces saqué de mi mochila un lápiz con punta muy afilada y, como si fuera un puñal, le dejé ir el golpe a la cara.

Allí le hubiera dado, si no es porque él, con los reflejos ciegos del instinto de conservación, levantó un brazo para protegerse. El lápiz fue a encajarse en el dorso de su mano derecha.

Cuando vi que empezó a sangrar, no me asusté; al contrario, me sentí bien porque Boni empezó a llorar delante de Lourdes. Con eso me sentí reivindicado por todas las que me debía.

Cuando entró el profesor, me mandaron castigado a la dirección, mientras una maestra de otro salón, que también es enfermera, se puso a curar a Natividad Bonilla, hecho un mar de lágrimas ya sin importarle su fama de valentón.

Permanecí castigado en la dirección durante el resto de la mañana. La directora me entregó un citatorio para mis padres, pero afortunadamente no me hizo ningún regaño, era mujer de pocas palabras.

En un rincón de la oficina permanecí sentado. Cuando se me bajó el coraje, me sentí culpable por lo que había hecho. En los seis años de la escuela no había tenido pleitos, a pesar de que allí abundaban las peleas. A mí los que se peleaban a trancazos siempre me habían parecido unos verdaderos imbéciles, y ahora me sentía igualito.

Mi mamá asistió al día siguiente muy preocupada. Cuando me preguntó, le conté todo procurando quitarle filos al drama, pero ella estaba acostumbrada a que mi conducta no le daba lata.

En la dirección la recibieron el maestro, la directora y la enfermera para darle pormenores, entre ellos el de que al niño agredido no se le había podido sacar la punta del lápiz, porque estaba cerca de una vena y optaron por dejársela allí para ver si después la misma piel la expulsaba sin daño. Le notificaron que quedaba yo expulsado tres días.

Eso le pareció muy injusto a mí mamá, pues alegó que el otro muchachito se había pasado todo el año mortificando a su hijo. Ellos escucharon su argumento y bajaron la sanción a solo un día.

Este fue el segundo incidente que, junto con la prédica furiosa de la catequista, desencadenaron en la tormenta que después vendría.

El tercero fue el descubrimiento del recientemente conocido caballo del Apocalipsis, de los tantos que se han soltado por el mundo en la historia de la humanidad: el cáncer. Yo no sé cuándo se definió por primera vez ese padecimiento mortal, pero en mi barrio apareció como novedad y como tolvanera de rumores.

Para mí fue un impacto terrible. Durante mucho tiempo mi madre y mis tías no hablaban de otra cosa sino de la multiplicación tóxica de las células que hacían crecer los tejidos mediante torturas inauditas, hasta que llegaba la muerte inevitable.

Una noche de insomnio, padecimiento que para los niños no suele ser común, me pasé horas y horas poniendo esos tres sucesos en un solo cause de angustia: me inventé la certeza de que Natividad Bonilla, por mi culpa, moriría de cáncer, ya que tenía dentro del torso de su mano una punta del lápiz que le había ensartado.

Como castigo, yo empezaría a recibir desde ya mismo todos los tormentos del infierno que con lujo de detalles había descrito la catequista. Al final sería condenado por toda la eternidad y que por eso mi madre, mi padre, mis hermanos, habrían de pertenecer a una estirpe maldita, pues ya tenían un adelantado en el infierno.

Aquella noche conocí el insomnio, uno muy atormentado. Esas horas de silencio en el que cualquier ruidito parece una señal de peligro, en el que cualquier pensamiento se magnifica en oleadas de malos pensamientos donde el anhelo más vivo es el de que llegue el sueño, o regrese el día.

A pesar de haber pasado la noche en blanco, al día siguiente no me sentí desvelado; una energía tóxica se había adueñado de mi cuerpo. Recuerdo que a la hora de peinarme vi en el espejo una mirada intensa que me asustó, pues deformaba mi rostro hasta parecer otro.

 Mi mamá, con lo atareada que andaba siempre en las mañanas despachando a mis hermanos a la escuela, no se dio cuenta de mi condición, pero estoy seguro que parecía un alucinado, o un borracho. Así llegué a la escuela y allí también nadie se fijó en mis ojos desorbitados, o a lo mejor era yo mismo el que me estaba ahogando en el delirio de la noche que se continuaba en la vigilia con argumentos cada vez más disparatados sobre el cáncer, el pecado y el infierno.

Apenas pude concentrarme en las clases y toda la mañana la pasé deseando que todo terminara, la escuela, mi vida, mi condenación.

La tarde me la pasé tratando de ordenar esa cascada de ideas. No hallaba qué preguntas pudiera hacerle a mi papá. No tenía dudas, solo sentencias extremas de todo lo que debía en esta tierra por mi acto violento, los castigos infernales que merecía. Me aterrorizaba imaginar el proceso de células malignas que irían consumiendo por mi culpa el cuerpo de Natividad Bonilla.

Ahora que lo escribo me parece absurdo todo aquel mecanismo de ideas delirantes que a los doce años me atormentaron, pero todavía me produce un escalofrío saber que estuve a punto de volverme loco, literalmente, o que a lo mejor aquel delirio que me duró varios días me habrá dejado una lesión psicótica.

La manera como logré salir de aquella región exaltada que me parecía un laberinto, fue de lo más sencilla.

Si le hubiera contado a mi mamá lo que me estaba sucediendo, me hubiera llevado con un médico, y con algunas pastillas hubiera recuperado la calma. Nunca hallé forma de decirle, así que opté por no preocuparla.

Dos días después de que me dejé llevar por la ira, había ido a confesarme. El padre solamente me dijo con cierta indiferencia: “no te andes peleando, no vale la pena. Reza tres Padres Nuestros y tres Aves Marías”. Así que por ese lado no había nada que hacer, estaba perdonado, aunque yo sabía que mi culpa trascendía todo perdón que fuera de este mundo.

La manera como me vino el remedio para ese ramal de pensamientos que me atormentó durante semanas, fue providencial.

Mi papá tenía en el patio un automóvil que se había quedado descompuesto y allí duró tirado; él le hacía composturas mecánicas, pero nunca logró echarlo a andar. Un mecánico le dijo que el carro necesitaba un overall, y le dio un presupuesto carísimo.

En esos días llegó un amigo suyo, de Namiquipa, y le propuso un trato: llevarse el carro, que le había gustado mucho, y cambiárselo por un caballo muy bueno que tenía en el rancho. Mi papá le explicó que el carro estaba descompuesto y salía caro arreglarlo, pero el hombre insistió. Cerraron trato.

Como soy el mayor de los hijos, mi papá me invitó el siguiente domingo a calar el caballo. Se lo habían entregado con montura y rienda. Mi papá, aunque era hombre de ciudad, se había criado en Babonoyaba, donde nació, y sabía todo lo del rancho. Ese día lo ensilló muy temprano, me había pedido que estuviera listo a las 7 de la mañana, y nos fuimos.

Cabalgamos por la rivera del río Chuvíscar, que en aquellos años no estaba canalizado; íbamos despacio por un camino rodeado de árboles y arbustos que yo no conocía. A la izquierda apareció el Santuario de Guadalupe y algunas mansiones, pero más allá no había población, el puro llano.

Como a las dos horas de avanzar, mi papá detuvo el caballo a la orilla de un árbol, lo desensilló y le quitó la rienda; lo dejó amarrado con una soga larga para que pastara. Nos pusimos a almorzar unos burritos que preparó mi mamá, que me supieron deliciosos porque ella cocinaba muy rico. Contrario a lo que me había pasado en los meses recientes cuando no tenía un apetito y comía sin ganas.

Al terminar descansamos un rato y luego mi papá me dijo: estas son las tinajas del Chuvíscar; vamos a meternos al agua para enseñarle a nadar.

Me alegró su propuesta porque siempre me había gustado cuando él me invitaba a hacer juntos lo que fuera. Sacó de una bolsa de lona dos trajes de baño nuevecitos, los dos eran azul marino y el mío me gustó mucho. Detrás de un árbol me cambié, y cuando volví él ya tenía el traje puesto. Me dijo: tenga cuidado con el agua, yo voy a entrar primero y luego le digo cuándo brinque.

Lo vi saltar al agua y desapareció, pero un instante después lo miré que salía, se deslizaba por la superficie del pequeño lago con facilidad y avanzó unos cinco metros y desde allí me saludó.

Tontamente pensé que me había hecho la señal de que lo siguiera, y brinqué al agua con tal fuerza que me hundí muy profundo y aun así no tocaba el fondo para impulsarme hacia arriba.

Sentí la desesperación terrible de quien respira en otro elemento que no es el de la dimensión del aire; a pesar de mi lucha desesperada por impulsarme hacia la superficie, no salía. En esos momentos que parecieron eternos funcioné con el puro instinto de conservación, no había pensamientos y ni el menor asomo de todas las ideas pavorosas que me habían acompañado durante las últimas semanas, solo quería recuperar la vida que poco a poco iba perdiendo sumergido en la tinaja.

Estaba a punto de perder el conocimiento cuando sentí la mano de mí papá que me jalaba, primero de la cabeza y luego de los hombros, hacia fuera. Supongo que debo haber estado muy abajo, porque él tardó como dos minutos en salir junto conmigo. Dos minutos que me parecieron la eternidad.

Mi papá había tenido que nadar cinco metros desde que vio que salté al agua a lo tarugo. Cuando recuperé el sentido, tuve un hilito de satisfacción al darme cuenta de que él me había rescatado. Pocas veces se siente tan cercano el cariño de un padre, sobre todo en aquellos tiempos en el que los papás permanecían alejados física y espiritualmente de los hijos, a diferencia de las madres, que siempre están ahí, para bien y para mal.

A pesar del susto, y de que claramente estuve a punto de morir ahogado, aquel fue un día feliz, por los hermosos parajes que recorrí a caballo y caminando, pero sobre todo por la convivencia tan amistosa con mi jefe, como dos iguales que pasean. Aunque era de pocas palabras, y no platicamos de nada especial, tuve conciencia de que aprendí varias lecciones con él.

La principal no me la dio tanto él, sino mi encuentro casi metafísico con el agua; el choque violento de la asfixia me limpió para de toda aquella angustia mental que había sido otro tipo de río donde me ahogaba cada hora, cada día, de sol a luna. Desde entonces jamás he vuelto a meterme en ningún tipo de abismo espiritual.

 


Jesús Chávez Marín

 

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