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Políciaca / « La conexión de la DEA con la irrupción de ‘Los Zetas’ en un Holiday Inn»
    Fecha: 24 de Diciembre del 2017 | Reportero(a) Laura Nubia Carmona

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La conexión de la DEA con la irrupción de ‘Los Zetas’ en un Holiday Inn
La conexión de la DEA con la irrupción de ‘Los Zetas’ en un Holiday Inn

 
 La agencia sabía por qué las víctimas fueron secuestradas en 2010 por el cartel de la droga de los Zetas en un Holiday Inn en México, pero no hizo nada para investigar o ayudar. Ahora los amigos y familiares de las víctimas se preguntan por qué.
 
Sobre las 2 de la mañana del 21 de abril, 2010, una caravana de pistoleros del cartel de la droga de los Zetas, una de las organizaciones de narcotráfico más violentas del mundo, entró en Monterrey, México, una ciudad próspera y bulliciosa que es considerada la capital comercial del país. Con descarada eficacia, establecieron retenes en todas las vías principales antes de enviar un convoy de vehículos todoterreno al centro de la ciudad para rodear un Holiday Inn.
 
Un enjambre de hombres fuertemente armados, algunos enmascarados, tomaron por asalto el lobby del hotel y corrieron directamente al quinto piso, reventando las puertas de cada cuarto y arrastrando a los huéspedes de sus camas. Los pistoleros interrogaron a los huéspedes, y después separaron a cuatro de ellos del resto: un ejecutivo de marketing de una empresa de productos ópticos, un ingeniero químico de una fábrica de cosméticos, un vendedor de zapatos que iba a ser padre por primera vez, y una profesora de universidad que era madre de dos hijos.
 
A continuación, los cuatro fueron metidos con el recepcionista del hotel en los vehículos de los pistoleros y se los llevaron. Ninguno de los rehenes ha sido visto desde entonces. Se presume que todos están muertos.
 
Durante años, sus parientes y amigos rogaron por respuestas. ¿Por qué se convirtieron en objetivos sus seres queridos — mexicanos de clase media sin vínculos conocidos con el crimen — en este espasmo de violencia del narcotráfico? La familia del ejecutivo de marketing negoció y pagó un rescate inútilmente antes de que los Zetas cortaran contacto.
 
“Nunca pudimos descubrir por qué fueron secuestrados. ¿Qué les hizo tan importantes?” dijo David Anabitarte, el supervisor y buen amigo del ejecutivo de marketing. “Fue difícil aceptar lo que pasó porque nunca tuvo sentido.”
 
Las autoridades mexicanas insinuaron inicialmente que las víctimas habían sido de alguna forma responsables de sus propias desapariciones, agregando insulto al dolor. La profesora de universidad, alegaron, podía haber estado involucrada en un romance con uno de los rivales de los Zetas. Y las autoridades especularon que el ejecutivo de marketing, quien había logrado ascender a su familia a la clase media alta, podría haber tenido alguna conexión con el narcotráfico. Sin ninguna explicación creíble acerca de porque los Zetas harían un despliegue de estilo militar en una importante ciudad metropolitana para secuestrar huéspedes al azar en un hotel económico, alguna gente cercana a las víctimas empezó a creer eso también.
 
“Me acuerdo de estar sentado callado mientras algunos de los propios parientes de Luis decían que debía haber tenido una vida secreta,” recordó Anabitarte. “Fue inaguantable. Yo sabía que no era verdad.”
 
Efectivamente, no era verdad. Y una agencia de las fuerzas de seguridad lo sabía con certeza: la DEA, la administración antidrogas de Estados Unidos. Describiendo por primera vez lo que pasó en el Holiday Inn, funcionarios de Estados Unidos dijeron que hasta el día anterior a los inexplicables secuestros, la DEA había estado haciendo un operativo de vigilancia desde el Holiday Inn.
 
Varios miembros de la Unidad de Investigaciones Sensibles (SIU en inglés), un equipo de policías federales mexicanos especialmente seleccionados y entrenados por la DEA, se habían hospedado en el hotel. El equipo había estado trabajando de forma encubierta, intentando rastrear los movimientos de un jefe de los Zetas llamado Hector Raúl Luna, conocido como “El Tori.” Pero Luna se percató del operativo y mandó a sus pistoleros al Holiday Inn para acabar con ello.
 
La DEA no se quedó a descifrar cómo se habían tan violentamente volteado las mesas. La agencia evacuó a los agentes de la SIU de Monterrey, y nunca miró atrás hacia la gente inocente que no tuvo tanta suerte. La agencia nunca reveló su papel en lo que había pasado ni a las autoridades locales ni a las federales. No ofreció ayuda para investigar el incidente, o usar sus capacidades de vigilancia para buscar a los secuestradores. Ni dirigió un escrutinio interno para averiguar si la filtración de inteligencia que había traído a los Zetas al Holiday Inn había salido de dentro de la SIU.
 
La conexión de la DEA al ataque del Holiday Inn, que no había sido revelada hasta ahora, no fue un incidente aislado. Una revisión más profunda de la SIU mexicana que depende de la agencia ha encontrado una década de problemas que costaron vidas humanas. En junio, ProPublica y National Geographic publicaron una investigación detallada de una masacre en 2011 que ocurrió dentro y alrededor del pequeño pueblo ganadero de Allende, a menos de una hora en vehículo de la frontera de Texas. Tanto la matanza allí como la de Monterrey fueron perpetradas por los Zetas y fueron provocadas, ProPublica ha determinado, por filtraciones de inteligencia que había sido provista a la SIU.
 
El número de muertos en Allende, sin embargo, fue mucho más grande. Los defensores de las víctimas dicen que hasta 300 personas están muertas o desaparecidas. ProPublica encontró pruebas de hasta 60 víctimas.
 
Además, según entrevistas con numerosos agentes en activo o retirados de la DEA, la SIU misma ha estado plagada de infiltraciones y ataques. Desde 2007, la mayoría de los supervisores mexicanos de la unidad se han visto comprometidos por pagos o sobornos de varios narcotraficantes, o asesinados en circunstancias que indican fuertemente que se trata de traiciones resueltas desde dentro. Uno de los supervisores, Iván Reyes Arzate, fue acusado en una corte federal de Chicago a principio de este año de haber compartido información sensible con narcotraficantes.
En una entrevista, el abogado de Reyes negó enfáticamente las acusaciones contra su cliente. La DEA, sin embargo, había sospechado durante años que Reyes era corrupto, como lo era otra gente de la SIU. Pero una y otra vez la agencia calculó que los beneficios del programa compensaban los costos. Y ha mantenido estos costos ocultos a las familias mexicanas y a los contribuyentes americanos que podrían estar en desacuerdo con aquel cálculo.
 
“¿Por qué no dijo nada la DEA?” preguntó un familiar de una de las víctimas del ataque al Holiday Inn. “Con todo su poder y autoridad, ¿por qué no intentaron ayudar? Supongo que las vidas mexicanas no importan.”
 
La DEA no respondió a una larga lista de preguntas sobre los hallazgos de este reportaje. En cambio, emitió una breve declaración por correo electrónico: “El Programa de Investigaciones Sensibles ha demostrado ser un programa internacional eficaz para apoyar las unidades antidrogas del país anfitrión capaces de hacer investigaciones internacionales de droga. Los agentes que sustentan el programa trabajan bilateralmente con las fuerzas del orden del país anfitrión. La DEA entrena, aconseja y apoya a investigadores policiales seleccionados del país anfitrión que componen las Unidades de Investigaciones Sensibles.”
 
Esta investigación periodística del programa de la SIU de la DEA en México está basada en entrevistas con 23 agentes y exagentes de la DEA que tienen un conocimiento profundo del programa, incluidos algunos que tuvieron puestos de alto nivel. Solo hablaron bajo la condición de anonimato porque estaban hablando de asuntos sensibles sin el permiso de la agencia.
 
“Si esto hubiera pasado en Estados Unidos, habría habido todo tipo de indignación,” dijo un exagente en referencia al incidente en el Holiday Inn. “Pero en México, siento decirlo, a nadie le importa una mierda.”
 
El ataque
 
Los mexicanos se jactan de Monterrey, con más de 4 millones de residentes en la zona metropolitana, como un ejemplo de lo más moderno de su país. Rodeada por montañas en el estado de Nuevo León al nordeste del país, es un lugar modelo para el libre comercio, con un ingreso per cápita muy por encima del resto del país y un paisaje semiárido poblado de campos de golf, universidades y las sedes mexicanas de empresas como BMW, Mercedes Benz, Boeing, General Electric y Heineken.
 
Pero todo lo que hace a Monterrey ideal para el comercio legitimo — su acceso a grandes autopistas norte-sur y su proximidad a la frontera con Estados Unidos — es igualmente atractivo para el narcotráfico. En 2010, los Zetas lo dominaban.
 
Fundado por exoficiales militares mexicanos, el cartel de los Zetas operaba un extenso sistema de contrainteligencia, con espías e informantes en toda la ciudad, según agentes y exagentes de la DEA. El cartel también tenía fuentes en altos niveles de la policía federal mexicana incluyendo, se cree, la SIU. Una de estas fuentes alertó al cartel sobre cierta actividad sospechosa en el Holiday Inn.
 
Los agentes de la DEA que hablaron del incidente dijeron que no está claro si se dijo a los Zetas que había policías federales mexicanos en el hotel, o solo que había gente que parecía ser de algún tipo de cuerpo policial. En todo caso, los Zetas desplegaron un equipo de pistoleros para eliminar la amenaza percibida.
 
Pero en esta ocasión, las capacidades de contrainteligencia del cartel tuvieron un límite. Un día antes del ataque, sin el conocimiento de los pistoleros, un contrapié logístico había forzado a los miembros de la SIU a mudarse a un hotel diferente. La SIU no había reservado cuartos en el Holiday Inn por suficientes días para cubrir la duración del operativo, y sus cuartos ya no estaban disponibles.
 
Para cuando los pistoleros de los Zetas llegaron, los miembros de la SIU se habían ido y los traficantes capturaron a cuatro huéspedes que vagamente encajaban en el mismo perfil. Cuando descubrieron su error, los Zetas intentaron sacar una pequeña ganancia. Uno de los secuestradores llamó por teléfono a Anabitarte aquel mismo día para exigir un rescate por su amigo y empleado, Luis Miguel González.
 
“Yo sabía que no era un engaño, primero de todo porque sabían mi nombre,” Anabitarte rememoró. Entonces, dijo, los secuestradores pusieron a González al teléfono. “Me dijo: ‘Dígale a Zitlaly con una X que la quiero’”.
 
Este era el código que González había acordado usar con Anabitarte si en algún momento se encontraba en apuros. Zitlaly era la esposa de González. Preguntado porque los hombres consideraban necesario usar tal código, Anabitarte dijo, impávido, “Esto es México.”
 
Anabitarte envió por transferencia bancaria a los secuestradores los $3,000 que habían exigido. Al día siguiente, pidieron $140,000 más. La familia dijo que necesitaba una garantía de que González seguía vivo. Paguen el dinero, dijeron los secuestradores, y González estaría en casa para el fin de semana.
 
La familia depositó el dinero en una cuenta bancaria como les habían ordenado los secuestradores. Pero González nunca fue liberado.
 
“Tomamos la decisión, por dolor, o por miedo, o por lo que quiera llamarlo, de depositar el dinero sin prueba de vida,” dijo Víctor Béjar, un tío del rehén, entre lágrimas. “Fue un error.”
 
Béjar dijo que se quedó en Monterrey durante días, intentando contactar con los secuestradores, mandándoles mensajes de texto y dejando mensajes de voz. “Hicimos lo que pidieron. Ahora les toca a ustedes”, les rogó. “Queremos a nuestro sobrino. Su mujer está embarazada.”
 
Añadió: “No sé todo lo que les dije. Pero solo recibí silencio, silencio total.”
 
Una década de problemas
 
Cuando agentes de la DEA en Monterrey y Ciudad de México se enteraron del ataque contra el Holiday Inn, se aprestaron a llevar a los agentes de la SIU de vuelta a la Ciudad de México lo más rápido posible, según los agentes y exagentes que tienen conocimiento del incidente. Los miembros de la unidad estaban trabajando de forma encubierta, pero no pasaban exactamente desapercibidos. Sus acentos y sus vestimentas dejaban claro que eran de fuera, dijo un agente, y podrían fácilmente haber llamado la atención de cualquier trabajador del hotel pluriempleado como espía para el cartel.
 
Aún más asombroso cuando es visto con el tiempo, los miembros de la SIU usaron sus tarjetas de crédito personales para reservar sus autos de alquiler y cuartos de hotel, dijo el agente, así que sus identidades no habrían sido difíciles de descubrir—un error operacional que fue mencionado en 2010 en una evaluación del programa SIU realizada por un contratista privado.
 
Otros agentes reconocieron, sin embargo, que es igual de factible que los Zetas pueden haber recibido un soplo de alguien ya en su nómina; un topo dentro de la unidad o un alto jefe de la policía federal mexicana. Para entonces ya había mucha evidencia de que la unidad estaba infiltrada.
 
Tres años antes, el supervisor de la SIU en aquella época había alertado a la DEA de que los Zetas le estaban ofreciendo enormes sobornos para conseguir información, y que él temía que lo iban a matar por rechazarles. En una reunión, Rubén Omar Ramirez dijo a un alto jefe de la DEA que se escondería por un rato con la esperanza de que los Zetas eventualmente perdieran interés en él.
 
Lo mataron al día siguiente. Un ex funcionario de la DEA que conoce los datos del asesinato dijo que Ramirez estaba en una casa segura de la SIU en la Ciudad de México cuando fue llamado a una reunión con comandantes de la división antidrogas de la policía federal mexicana. En camino a la reunión, dos pistoleros en motocicletas interceptaron su vehículo y abrieron fuego.
 
Partes noticiosos del crimen indican que Ramirez, que tenía 47 años y tres hijos, recibió al menos tres impactos de bala. “Parecía un trabajo interno”, dijo el ex funcionario de la DEA. “Fue citado a la reunión por alguien de quien él pensaba que se podía fiar.”
 
Al sucesor de Ramirez en la SIU no le fue nada mejor. Roberto Velazco Bravo, un marido y padre de aspecto menudo y lentes que era licenciado en psicología, fue asesinado en el exterior de su casa en mayo de 2008, siete meses después de asumir el puesto como supervisor de la SIU. Según archivos de la DEA, Velazco, 36, había “participado directamente en investigaciones que lograron localizar a Arturo Beltrán Leyva, e identificar otras partes de la estructura de su organización criminal, incluido su hermano, Alfredo.”
 
Después de los asesinatos de Ramirez y Velazco, otro alto jefe de la policía federal mexicana quien ayudó a supervisar la SIU, Víctor Gerardo Garay, fue despedido de la agencia federal por cargos de corrupción. Un alto oficial de la DEA quien trabajaba en México en la época dijo que la agencia había detectado a Garay en llamadas interceptadas solicitando sobornos de narcotraficantes colombianos. El alto oficial dijo que un miembro de la SIU llamado Edgar Enrique Bayardo acordó testificar contra Garay, y fue puesto bajo custodia de protección en México.
 
Garay estuvo cuatro años en prisión, pero fue finalmente absuelto de los cargos contra él. Bayardo, sin embargo, fue asesinado en frente de su Starbucks preferido en Ciudad de México en 2009. Agentes y exagentes de la DEA que conocen el caso dicen que él, como Ramirez, había sido citado en el café a través de una llamada de alguien de quien él pensaba que se podía fiar.
 
Iván Reyes Arzate tomó el mando como supervisor de la SIU en marzo de 2010. Los Zetas atacaron el Holiday Inn un mes después. No está claro si los dos acontecimientos están relacionados. Los cargos criminales puestos en Chicago contra Reyes dicen que aceptó sobornos de traficantes aliados con los hermanos Beltrán Leyva. La DEA sospecha que los hermanos habían ordenado los asesinatos de los anteriores supervisores de la SIU. Además, los hermanos Beltrán Leyva eran aliados de los Zetas.
 
“El hecho de que Reyes sigue vivo, y que sus dos predecesores están muertos, no es una coincidencia”, dijo un agente estadounidense que había trabajado con Reyes en México. “Hay una razón para eso.”
 
Todas las herramientas del mundo
 
María Teresa Sánchez ha pasado años intentando saber porque los Zeta secuestraron a su hijo, Angel Montes de Oca, en el Holiday Inn. Era el quinto de sus siete hijos; un ingeniero químico de 39 años que trabajaba para una empresa que fabricaba cosméticos y productos de higiene personal, como jabones de mano antisépticos. Era su primer trabajo fijo después de años en que había intentado poner en marcha una pequeña cadena de tiendas de granizados llamadas Paraíso Hawaiano. Acababa de casarse, finalmente sintiéndose lo suficiente estable en sus finanzas para mantener una familia. Y había viajado a Monterrey para reuniones de negocios.
 
“No sabía que decir, o que hacer,” dijo Sánchez, de 70 años, recordando cómo se había sentido cuando se enteró de que su hijo había sido secuestrado. “No lo creía. ¿Por qué quisiera alguien secuestrar a mi hijo? No tenemos dinero. No estábamos involucrados en nada.”
 
Su hija, Beatriz Montes de Oca, una médica de 44 años, dijo: “Estaba buscando algún denominador común entre las víctimas que pudiera explicar porque a algunos les habían llevado y a otros no. ¿Eran sus edades? ¿Era algo sobre los números de sus cuartos?”.
 
“Normalmente a la gente se les secuestra porque están vendiendo droga, o porque son amigos de la persona equivocada,” añadió, “pero esto no era el caso con esta gente. Tenía que haber algún tipo de confusión. No podía descifrar que era.”
 
Las autoridades mexicanas solo aumentaron la confusión, dijo, con líneas de investigación que cambiaban todo el tiempo sin llegar a ninguna parte, y que tampoco tenían mucho sentido. Las autoridades teorizaban que el secuestro podría ser parte de un retorcido plan de reclutamiento, explicando que se sabía que los Zetas secuestraban a gente con habilidades especiales, como contables o programadores informáticos, para forzarles luego a trabajar para el cartel o ser asesinados.
 
Mientras pasaba más tiempo, la policía sugirió que el ataque era simplemente una forma de demostrar la fuerza de los Zetas a cualquier rival potencial, y advirtieron a las familias de los desaparecidos que los cadáveres mutilados de sus seres queridos podrían terminar colgados del puente de una autopista o desparramados en una plaza pública.
 
“Mi madre miraba la televisión todo el rato. Y me llamaba si se enteraba de que cuatro cadáveres habían sido descubiertos en algún lado, o que cuatro rehenes habían sido rescatados,” recordó Beatriz Montes de Oca. “Yo era como la unidad de mando operativo de la familia. Ella me llamaba con informes, y yo me ponía a investigar.”
 
“Continuó así durante años. Poco a poco, empecé a decirle: ‘Quizás no tendrías que mirar tanta televisión’”.
 
La única cosa que nunca se les ocurrió a las dos mujeres era que los Estados Unidos había jugado un papel en lo que había pasado en el Holiday Inn.
 
“Estoy triste. Estoy muy enojada,” dijo Beatriz Montes de Oca cuando fue informada de la implicación de la DEA. Mencionó que había leído el reportaje de ProPublica y National Geographic sobre lo que había ocurrido en Allende un año después del ataque al Holiday Inn. “¿Cómo podían haber hecho el mismo error dos veces? No entiendo.”
 
Su madre dijo, “Ellos tienen todas las herramientas del mundo.”
 
Ninguno de los agentes de la DEA en activo ni retirados que fueron entrevistados recordó que la agencia hiciera mucho para investigar lo que había pasado en el Holiday Inn. Agentes basados en y alrededor de Monterrey interrogaron a sus fuentes confidenciales sin revelar el papel jugado por la SIU. Oficiales dijeron que los informantes no sabían de los secuestros o no querían hablar de ellos. La DEA había sospechado durante mucho tiempo que autoridades en Monterrey estaban recibiendo sobornos de los Zetas, y la temeridad del asalto solo fortalecía estas sospechas. Como consecuencia, según dijeron los agentes, la DEA no creyó que fuera prudente hablar del incidente con las autoridades.
 
“No queríamos exponernos aún más,” dijo un exagente estadounidense. “En lo que concernía a la DEA, queríamos quedarnos en la sombra.”
 
Un agente en activo de la DEA culpó al ritmo alocado de los acontecimientos en México en aquella época. El año del ataque al Holiday Inn fue el más mortífero de la guerra contra las drogas en México. Altos políticos y policías estaban siendo asesinados de forma indiscriminada. El presidente mexicano de la época, Felipe Calderón, estaba luchando para convencer a su país de seguir con el esfuerzo, diciendo que la batalla era costosa, pero se podía ganar. Y los Estados Unidos estaba predicando lo mismo.
 
“Estaba pasando tanto en aquella época que simplemente no podías parar,” el agente dijo. “Pasabas a la siguiente cosa. El ritmo estaba fuera de control.”
 
Algunos agentes y exagentes también comentaron que el gobierno mexicano históricamente no había recibido bien las incursiones de Estados Unidos en su soberanía, y podría haber resistido cualquier investigación de la DEA. Este argumento parece menos convincente teniendo en cuenta cuan agresivamente la DEA ha perseguido a criminales mexicanos vinculados a asesinatos de agentes de la ley americanos como Jaime Zapata, quien fue matado a tiros a principios de 2011 en el estado mexicano de San Luis Potosí. Bajo la intensa presión y dirección de la DEA, las autoridades mexicanas llegaron a arrestar a los principales sospechosos de aquel asesinato, quienes también eran miembros de los Zetas, en 12 días después del crimen.
 
Un exagente expresó su remordimiento por la forma en que la agencia manejó el caso del ataque al Holiday Inn. “Se tendría que haber hecho algo,” dijo. “Lo dije a mi jefe. Todo lo que dijo fue, “Saquemos a nuestros muchachos de allí.” Pero en lo que concierne a lo que pasó a aquellas familias, no me dieron ninguna directiva acerca de ellos.”
 
Otro agente dijo que, a diferencia de otras agencias de la ley, la DEA no exige a sus oficinas sobre el terreno llevar a cabo revisiones internas de investigaciones que resultan en pérdidas de vida. “No tenemos esto en la DEA,” dijo. “En el tiempo que llevo en la agencia, nunca he sabido que tuvieran algo así. Y en las ocasiones que lo hemos hecho, no ha ido bien. Lo que consigues es gente intentando encubrir cosas.”
 
Trabajando en México
 
A principios de año, unos 14 representantes Demócratas del Congreso expresaron su preocupación por el programa SIU de la DEA en una carta al Fiscal General Jeff Sessions y al Secretario de Estado Rex Tillerson. Aquella carta fue provocada por el reportaje de ProPublica sobre la masacre en Allende, y por un informe del Departamento de Justicia sobre un operativo liderado por la DEA en Honduras que dejó cuatro civiles muertos. Desde entonces, agentes y exagentes dijeron, la DEA ha tomado algunas medidas para fortalecer su supervisión de la SIU en México y los otros 12 países donde la agencia opera tales unidades. Por ejemplo, se ha mudado la sede de la SIU en la Ciudad de México más cerca de la embajada norteamericana para mejorar la capacidad de la DEA para supervisar y asesorar a los miembros de la unidad.
 
La semana pasada, la DEA distribuyó un manual de 54 páginas sobre las SIU. Agentes y exagentes dijeron que era la primera vez en los 20 años desde que empezó el programa SIU que la agencia había establecido normas para manejar las unidades por escrito—incluyendo todo desde que hacer cuando un miembro de la unidad falla un examen polígrafo hasta como diseminar información sensible y llevar a cabo operaciones cuando miembros de la SIU son asesinados.
 
Algunos agentes y exagentes defendieron el programa, advirtiendo que con la corrupción endémica en las instituciones mexicanas, sería inocente pensar que la DEA podía mantener su SIU completamente limpia usando pruebas de polígrafo aleatorias y ocasionales entrenamientos. Y señalaron que la unidad había ayudado a través de los años a capturar figuras del narcotráfico que fueron objetivos importantes. Reyes, dijeron, era un ejemplo de manual de las complejidades enrevesadas de las fuerzas de seguridad mexicanas.
 
Ex narcotraficantes quienes acordaron cooperar con la DEA dijeron a la agencia tan pronto como en el 2011 que Reyes había actuado como un “cobrador” para los Beltrán Leyva, recaudando millones de dólares en efectivo para sí mismo y sus jefes en la fuerza policial. El antiguo comandante de la SIU era conocido por manejar un ostentoso auto deportivo y poseer un velero con un salario de aproximadamente $120,000. Y su novia, que también era agente de la SIU, no escondía su gusto por los zapatos y los bolsos lujosos de marca.
 
Pero los agentes dijeron que nunca tuvieron suficientes pruebas para hacer arrestar a Reyes. Y oficiales de Estados Unidos estaban preocupados por el daño que podrían causar a otros programas importantes de seguridad si pidieran a la policía federal mexicana despedir a un comandante tan prominente.
 
“Reyes había sido puesto allí por gente de más arriba por un motivo,” dijo un agente. “No podíamos pedirles sacarle sin explicar porque. Y aun si lo hubieran sacado, habrían colocado a alguien exactamente como él.”
 
Sin embargo, Reyes hizo algunas cosas buenas mientras supervisaba la SIU. Más notablemente, ayudó a capturar a un conocido barón de la droga, Edgar “La Barbie” Valdez Villareal en 2010—un triunfo mayor. Aunque la hazaña fue contaminada posteriormente cuando la DEA recibió inteligencia fidedigna que Reyes estaba actuando en beneficio del cartel Beltrán Leyva, que le había ofrecido un millón de dólares para sacar a Valdez, su archirrival, de la calle.
 
“Cuando trabajas como agente en México, todo lo que puedes hacer es trabajar esquivando los rumores y las sospechas, especialmente cuando la gerencia no es capaz o no está dispuesta a efectuar cambios,” dijo un agente en activo. “En algún momento te dicen vas a tener que trabajar con lo que tienes.”
 
La caja sin abrir
 
Una caja de DHL sin abrir contiene todo lo que le queda a Anabitarte de su mejor amigo, Luis Miguel González. La caja contiene ropa y otros objetos personales que habían sido dejados en la habitación de González en el Holiday Inn, y el hotel la había enviado a la compañía de productos ópticos después del secuestro. La caja había sido olvidada en un cuarto de almacenaje en la oficina de Anabitarte en la Ciudad de México, hasta que un hombre de mantenimiento se la recordó recientemente. Irónicamente, una reportera le llamó aquel mismo día para hablar de lo que había pasado en el Holiday Inn.
 
Anabitarte no devolvió la llamada enseguida, reacio a reabrir una profunda herida emocional y asustado por la idea de que hablar del secuestro podría provocar a los responsables. Semanas más tarde, aceptó tener una reunión, insistiendo en hacerlo en un sitio público. Y trajo la caja.
 
En el garaje subterráneo debajo de unos grandes almacenes de lujo, Anabitarte sacó la caja de la parte de atrás de su Land Rover. Sus manos temblaron y sus ojos se llenaron de lágrimas mientras abría las hojas plegadizas de la caja. Repasó nerviosamente el contenido, como si se estuviera preguntando si estaba haciendo la cosa correcta.
 
Recordó que González solo tenía 35 años cuando fue secuestrado del Holiday Inn. Estaba disfrutando un capitulo feliz de su vida en aquel momento, habiendo terminado un mal matrimonio y comenzado uno bueno. Estaba esperando su primer hijo, y le iba bien en la empresa óptica.
 
Él y Anabitarte habían llegado a ser como hermanos. “Si yo estaba fuera de la ciudad y mi familia necesitaba cualquier cosa, Luis se encargaba,” dijo. “Y yo hacía lo mismo por él”.
 
Esto, al final, es la razón por la cual Anabitarte aceptó hablar. Se lo debía a su amigo, dijo, seguir buscando la verdad de lo que había pasado.
 
“¿Si la DEA sabía lo que estaba detrás de todo esto,” preguntó, “¿por qué se quedaron callados y dejaron que tantas familias inocentes sufrieran?”



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