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Red Privada / « Desde el más allá Por Emilio Arriaga»
    Fecha: 09 de Diciembre del 2020 | Reportero(a) Manuel Cabrera

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Desde el más allá Por Emilio Arriaga
Desde el más allá  Por Emilio Arriaga

 

 … Un mensaje escrito por el periodista Emilio Arriaga. Una crónica de vida. Lo publicamos en cumplimiento a su deseo expresado antes de iniciar su viaje eterno. En el refleja él va y ven de un periodista. Publicamos pues su última colaboración esta impactante crónica de su vida. Compañero la mejor colaboración de tu estrujante vida y el maravilloso desenlace. Manuel Cabrera.

 

-Luego de destrozarme las manos a golpes contra la pared, aquella voz interior del

 

demonio me ordenó lanzarme de cabeza por arriba del sillón verde y, al impacto, me

 

conmocioné y fracturé la columna vertebral. Aquel 8 de abril de 1984, en vez de estar

 

reporteando para los periódicos Noroeste y La Prensa el acto en el cual el máximo

 

dirigente de la CTM., Fidel Velázquez, daba su espaldarazo al senador Juan Sigfrido

 

Millán Lizárraga para que se reeligiera como dirigente obrero en el Estado de

 

Sinaloa, mi cuerpo yacía tirado en el interior de mi apartamento, hecho una piltrafa,

 

como resultado de la posesión satánica que padecí.

 

Viví lo que dice la Biblia:

 

“Cuando el espíritu inmundo ha salido del hombre, anda por lugares secos, buscando

 

reposo, y no lo haya. Entonces dice: Me volveré a mi casa de donde salí: y cuando

 

viene, la haya desocupada, barrida y adornada. Entonces va, y toma consigo otros

 

siete espíritus peores que él, y entrados, moran ahí; y son peores las cosas últimas del

 

tal hombre que las primeras: así también acontecerá a esta generación mala”. Mateo

 

12:43 al 45.

 

A mediados de 1977 concluí mis estudios profesionales en la escuela de periodismo

 

“Carlos Septiém García”; ese mismo año, el director del plantel, Alejandro Avilés me

 

consiguió la jefatura de prensa de la Casa de la Cultura del Estado de Sinaloa.  Era

 

gobernador Alfonso Genaro Calderón Velarde.

 

A fines de 1980, trabajando para El Sol de Sinaloa, realicé un viaje a la ciudad de

 

México para visitar a mis padres. Acompañado de mí esposa Montserrat Hernández y de

 

mis hijos Iris Ante y Luis Omar; a mis viejos les dio gusto volverme a estrechar en

 

sus brazos. Mi madre Dolores, llena de gusto, me mostró una carta de mi hermano

 

Juan Manuel, quien radicaba en Puerto Rico, desde hacía cuatro años. Aquellas líneas me

 

llenaron de asombro; porque en la misiva, además de darle las gracias a nuestra

 

progenitora por la vida, le explicaba que ello le había permitido venir al mundo para

 

tener un encuentro personal con Dios. Decía que había conocido frente a frente al

 

Señor Jesucristo

 

Al leer aquellas líneas, en mi cerebro se formó una idea: “mi hermano Juan Manuel se volvió

 

loco de remate; a mi hermano lo que le hace falta es tener un encuentro personal con

 

un psiquiatra”. También pensaba en silencio: “un día lo pondré en manos de un

 

especialista, para que le dé una checadita a su cerebro”. Era inconcebible lo que leía.

 

Esta carta no la redactó una persona cuerda; solamente un perturbado mental concibe

 

algo así, repetía con insistencia, mira que decir que conoció a Dios, este cuete ya se

 

botó.

 

Alejado completamente de Dios, mi vida se había desarrollado en forma similar a la de

 

millones de mexicanos, a quienes por herencia se les cuelga la etiqueta de: “católicos,

 

apostólicos y romanos”.  Con una religión solamente en la punta de la lengua; pero

 

alejados de su Creador, por las acciones pecaminosas del mundo engañador.  Con

 

este antecedente en mi vida, no concedí la mínima credibilidad a la carta de mi

 

hermano. Al escuchar a mi madre, la opinión sobre la supuesta locura de mi

 

consanguíneo, se molestó, y aun en la actualidad me lo reprocha.

 

MI MUJER ABANDONA EL HOGAR

 

Nunca deseché la posibilidad de poner a mi hermano en las manos de los mejores

 

psiquiatras del país. Tenía la intención de aprovechar las relaciones cultivadas durante

 

el desempeño de mis labores como reportero, al cubrir la fuente informativa del Seguro

 

Social en la calurosa ciudad de Culiacán, todo era cuestión de esperar el momento

 

oportuno.

 

Como resultado de los constantes pleitos con mi mujer, en 1982 ella abandonó el hogar

 

que con sacrificios habíamos levantado en el estado de Sinaloa. Acompañada de su

 

mamá y mis dos hijos, un día decidió trasladarse al Distrito Federal. Ahí fue la primera

 

manifestación grande de Dios: en vez de refugiarme en el alcohol por despecho; vicio

 

en que llevaba cautivo más de quince años, al verme abandonado, se me fueron las

 

ganas de volver a beber. Para esto, tomé como pretexto acudir a un grupo de

 

Alcohólicos Anónimos.

 

Pero la realidad, es que sólo fui a una o dos sesiones. Sólo tres meses más tarde, dejé

 

de fumar. El trabajo me envolvía, y no tenía tiempo para dedicarlo al vicio. Sin

 

embargo, en esos días me vi enredado con una viuda, a la que unos días más tarde

 

saqué de la casa para llevarme a vivir a una joven de 17 años.  El Señor me libraba de

 

unos lazos, pero caía en otros peores, en el adulterio. Vivía con esta joven cuando

 

Jesucristo llegó a mi vida.

 

Dolido por el abandono de mi mujer, no tenía el menor interés de trasladarme a radicar

 

a la ciudad de México; y menos pensaba volver al lado de mi esposa, por la grave

 

afrenta que me había hecho al dejarme solo en Culiacán.  En mi mente sólo tenía

 

cabida la idea de separarme de mi esposa. No quería nada con ella. Pero mis planes,

 

no eran los de Dios.

 

A fines del mes de marzo de 1984, al regresar a casa, luego de un día de trabajo, y

 

luego de las clases nocturnas en la Escuela de Filosofía de la Universidad

 

Autónoma de Sinaloa, encontré contenta a María Elena:

 

“¿Sabes quién está en la ciudad de México?”, me preguntó.

 

¿Quién?, respondí.

 

“Tu hermano Juan Manuel. Llamó hace un rato para preguntar por ti”.

 

¿Te dejó algún número donde localizarlo?, inquirí.

 

“Ahí está anotado. Llámale”, sugirió.

 

Para mí era una verdadera sorpresa. Las últimas noticias que tenía de Juan Manuel

 

indicaban que radicaba en la ciudad de Nueva York.  Levanté el auricular y marqué el

 

número telefónico, casi inmediatamente sonó al otro lado aquella voz familiar que tenía

 

más de ocho años de no escuchar. Repuesto de la sorpresa, le solté dos o tres

 

groserías, buscando la fórmula de hacer más amena la charla. Su respuesta fue

 

cortante:

 

“¿Y ese vocabulario muchacho?”

 

Quedé mudo unos segundos sin saber qué responder. Recordé que Juan Manuel era ahora

 

un “mojigato”, que se sentía “religioso” y “santurrón”. Y solté una grotesca

 

carcajada. Ahí mismo, con el intercambio de unas cuantas frases, y en unos minutos,

 

hicimos una cita para encontrarnos en la ciudad de México el 2 de abril, a las 15:30

 

horas. El sitio de la sería el aeropuerto “Benito Juárez”. Y no se habló más del asunto.

 

Nos despedimos.

 

Al día siguiente, me di a la tarea de conseguir el permiso con mis jefes. Me dirigí al

 

director del periódico Noroeste, Lic. Rubén Romero Ríos, quien me negó toda

 

posibilidad de hacer el viaje.

 

“Yo, no te doy permiso. Hay mucho trabajo”.

 

Se me quedó mirando fijamente a los ojos; esperó unos segundos y balbuceó con

 

desgano:

 

“Pero... habla con Ramiro, si te autoriza, vete”.

 

No salí desanimado; algo en mi interior me repetía que el permiso estaba cerca. Hablé

 

con mi jefe de Redacción.

 

“Tienes permiso por dos días”, sonó aquella voz amigable desde su escritorio.

 

A eso de las 13: 30 horas del 2 de abril abordé el avión de la línea Aeroméxico. El

 

vuelo haría escala en la ciudad de Guadalajara, pero de todas formas me permitiría

 

llegar a tiempo a la capital para mi cita con Juan Manuel.

 

Para la realización de este viaje, había conseguido tres boletos con funcionarios

 

amigos. Pero como solamente utilizaría uno, cancelaría los otros dos en el Distrito

 

Federal y cobraría su importe, mismo que ocuparía en mis gastos en la capital.

 

El reloj marcaba las 15:15 horas cuando las llantas del avión chirriaron al contacto con

 

el asfalto de la pista de aterrizaje. Mientras recogía mi equipaje, dieron las 15:30 horas.

 

Maleta en mano, salí por aquélla amplia sala de espera. Volteaba para todos lados, por

 

más que esforzaba mis ojos, no encontraba la familiar figura. Me detuve en uno de los

 

tantos aparadores de la terminal aérea donde venden ilusiones a los turistas. Pasaron

 

15 minutos mientras observaba la pizarra electrónica ubicada en la parte alta de la

 

entrada. Como música de fondo, la melodiosa voz anunciaba las llegadas y salidas de

 

los vuelos nacionales e internacionales. Completamente distraído, no me percaté de las

 

personas que llegaban hasta la salida del túnel que comunica el interior con el exterior,

 

cuando bajé los ojos, me llamó la atención una figura que estaba frente a mí.

 

Completamente de espaldas, volteó un poco y lo reconocí. ¡Si era él! No me podía

 

equivocar; era mi hermano Juan Manuel. Como autómatas, fuimos al encuentro, nos dimos

 

un fuerte abrazo.

 

¿Cómo estás? -  fue una pregunta recíproca que quedó sin respuesta. Con nuestros

 

ojos regamos nuestros hombros por unos segundos, al romperse aquélla ausencia de

 

más de ocho años. Así estuvimos por no sé cuánto tiempo. No podíamos articular

 

palabra. Salimos abrazados hacia la estación del metro.

 

AMISTADES RARAS

 

Había que aprovechar al máximo aquéllos dos días; era un lapso breve el que estaría

 

con mi hermano, pasados éstos, debería reincorporarme a mis labores del periódico

 

Noroeste, y tendría que seguir atendiendo la corresponsalía de La Prensa. En mi

 

mente estaba fija la fecha del acto político de Fidel Velázquez; el 8 de abril tendría que

 

responderle a mi diario, pensaba.

 

De seguro que este acto lo vamos a cubrir en grupo, como acostumbramos

 

trabajar. Lo bueno es que hay unidad entre los reporteros del Noroeste.

 

Juan Manuel me rodeó de sus amistades cristianas, las que conseguía quién sabe

 

dónde. Le salían “hermanitos” por donde quiera. Pensaba en mi interior: “Ha de ser otra

 

de sus extravagancias. Pero allá él, cada quien su vida”. En una de las tantas visitas a

 

las familias “raras”, estuvimos en el conjunto habitacional INFONAVIT “Arbolillo”,

 

donde se hizo cita con un grupo de música cristiana para grabar un disco. Esa mañana

 

que dio inicio el ensayo, y hasta mis oídos llegó la armonía del violín que tocaba el

 

hermano Tomás, me llegó un sopor acompañado de un adormecimiento, que no

 

soporté y me fui a la cama al medio día, donde me quedé profundamente dormido.

 

Tras largo rato, abrí los ojos, todavía con la modorra que produce el dormir de día, me

 

repetía: “Que buena es esta música para cuando se padece insomnio; cómo me

 

gustaría tenerla grabada para cuando no pueda conciliar el sueño en casa.”

 

Esa tarde salí de casa de mis padres y regresé hasta el siguiente día. Mi padre estaba

 

parado en el interior del patio, bastante serio. Cuando lo descubrí, me dirigí a él y con

 

bastante cinismo le dije: “No lo vuelvas a hacer”

 

Traía un espíritu burlón muy dentro de mi ser. Mi hermano, solamente sonrió cuando

 

escuchó mis palabras y bajó la mirada al suelo.                                                                                      

 

MI ENCUENTRO CON EL SEÑOR JESUCRISTO

 

Esa mañana del 4 de abril de 1984, hicimos planes para ir a visitar a mis amigos

 

periodistas que trabajaban en la capital. Los conocí durante el desempeño de sus

 

labores en los medios de comunicación en la ciudad de Culiacán. Con Armando

 

Sepúlveda Ibarra, de Excélsior, estuvimos por espacio de dos horas tomando café en

 

el frecuentado Samborns Reforma.

 

Juan Manuel le contó su testimonio, en forma detallada le dijo como fue su encuentro

 

personal con el Señor Jesucristo. Por mi parte, aparentemente estaba atento a todo lo

 

que se decía sobre la mesa, pero en realidad no escuchaba. Aquello se me hacía

 

divertido solamente, como para pasar el rato, pero nada más.

 

Mi cerebro nada asimilaba de lo que se decía. Entre sorbo y sorbo del comercial café,

 

Armando escuchaba atento.

 

Decía Juan Manuel:

 

“Conocí al Señor Jesucristo el 15 de abril de 1979, en Arecibo, Puerto Rico. En

 

esas fechas tenía muchos problemas. Había dejado a mi mujer en Nueva York por

 

irme a seguir a una puertorriqueña, con quien había procreado un hijo. Un poco

 

antes, le había hecho una canción a Dios en la urbe neoyorquina. En Puerto Rico

 

tenía un programa de radio que se llamaba “Ecos de México”. Un día fui a visitar a

 

una familia muy de mañana, a ese hogar llegó una persona de nombre Marcela. Dijo

 

“buenos días” al entrar a aquella casa. De inmediato se fue hacia mí y preguntó

 

¿quién es este señor?, le dijeron que un mexicano que radicaba en la Isla del

 

Caribe. Luego, luego me preguntó ¿y usted de qué religión es?  esa mujer casi se va

 

de espaldas cuando le respondí “Soy espiritista”, “¡Ha!”  me dijo, “eso es del diablo,

 

eso es satánico”, yo le respondí “Claro, qué no ve que yo traigo conmigo un

 

apache?” Ella me hizo una invitación para ir a su iglesia, donde decía que estaba Dios:

 

En mi hambre por buscar al Señor, le dije que sí aceptaba, pero que me tenían que dar

 

la oportunidad de cantarle la canción que le había hecho a Dios. Cuando llegué a

 

aquélla iglesia bautista, me llamó la atención los rostros limpios de los congregantes;

 

había algo en ellos que me llamaba la atención. Eran gente que se veía limpia, pulcra,

 

completamente diferente a mí.

 

DIFICULTADES PARA CANTAR “EL SIMBOLO”

 

Aquél 15 de abril de 1979 era “domingo de resurrección”. Llegamos a la iglesia la

 

hermana Marcela y yo; era de mañana. Cuando la hermana le dijo al pastor que me

 

diera oportunidad de cantar una canción hermosa que le había hecho a Dios, el pastor

 

se molestó. Dijo que en este lugar no se podía permitir que cualquiera pasara al frente.

 

El celo por las almas mostrado por Marcela, la llevó a insistir hasta cinco veces ante el

 

pastor para que me diera la oportunidad. Hasta que de mala gana dijo: “Bueno, que

 

pase”. Yo sentí un gran desprecio en las palabras de aquél señor; pero la realidad es

 

que estaba bastante sucio y me ofendía todo lo que sucedía a mí alrededor. Pasé al

 

frente, tomé mi guitarra y canté “El Símbolo”. Terminé, no sentí nada, y me fui a

 

sentar a la cuarta banca, que ocupaba desde que llegué. Al cuarto para las doce del

 

día, dijo el pastor: “Bueno, ya alabamos a Dios, ya nos gozamos, ya recibimos ricas

 

bendiciones, ahora, si hay alguien que quiera aceptar al Señor Jesucristo como Su

 

Salvador personal, que levante la mano y pase al frente”. Y mi mano se fue para arriba

 

de pronto y empecé a llorar. Les preguntaba a los presentes “¿qué tengo, qué tengo,

 

qué me pasó, ¿qué me pasó? “Todos se gozaban grandemente, y solamente se

 

limitaban a decirme: “Bienaventurado, Bienaventurado, usted hermano, se va para

 

arriba con nosotros”.

 

Algo raro había sucedido en mi interior -seguía narrando Juan Manuel -  me invitaron a casa

 

de la hermana Marcela, me dieron de comer. Yo seguía llorando y llorando. No

 

comprendía lo que había sucedido conmigo. Esa tarde del 15 de abril regresamos al

 

culto en la iglesia, ya no pasó nada más; pero me sentía raro. En la noche, cuando

 

llegué a mi casa y me estaba quedando dormido, de pronto me cayó un rayo y se me

 

clavó tres veces en la frente, y empecé a temblar y a decir “¿qué tengo, qué me pasó,

 

qué tengo Dios mío?” y empecé a hablar de Dios con bastante familiaridad, sin nunca

 

antes haberlo hecho con tanto fervor. Empecé a decir que las religiones son como los

 

ríos, que todos van en busca del mar, pero no todos llegan.  Esa fue la experiencia que

 

tuve con el Señor Jesucristo”.

 

Armando solamente se concretaba a escucharlo. Lo veía fijamente, y respondió que

 

ya tenía antecedentes de esto. Que ya le habían dicho a él también de estas

 

experiencias. Por mi parte, yo solamente me limitaba a ver los arreglos en las paredes,

 

adornadas en forma típica. No escuchaba, estaba bloqueado.

 

Cuando la aguja chica del reloj de pared marcó las 10 de la noche, Armando se

 

despidió, dijo que tenía un asunto pendiente en su hogar. Quiso pagar la cuenta de los

 

cafés consumidos, Juan Manuel no lo dejó, y con un fuerte apretón de manos le deseamos

 

buenas noches.

 

Desde la cafetería de Samborns llamamos a mi amigo Luis Lim García, reportero de

 

la “UPI”, agencia de noticias norteamericana que tiene sus oficinas por Paseo de la

 

Reforma. Respondió que lo buscáramos más tarde; que en un par de horas estaría

 

desocupado. A la media noche cruzamos la desolada avenida, nos introducimos en el

 

edificio y marcamos el piso 12. El timbre del ascensor indicó que habíamos llegado. Al

 

fondo a la derecha se leía “UPI”. Tocamos la puerta, pero nadie abrió. Giramos la

 

perilla, la puerta cedió y nos introducimos. Casi en forma inmediata sonaron las

 

máquinas del télex que recibían y enviaban las señales. Ahí estaba Luis, como

 

siempre, con su aspecto juvenil, y su típica camisa moderna desabrochada del pecho.

 

Nos presentó a su compañero de labores, un joven periodista gringo. En la misma

 

redacción se encontraba un corresponsal de la Agencia que venía de Sur América.

 

Casi enseguida, abandonamos el edificio, íbamos acompañados por los tres

 

periodistas.  Los norteamericanos hicieron una invitación general para ir a tomar la

 

copa por ahí. Al ver nuestro poco interés por la bebida, se despidieron y sus figuras se

 

desvanecieron por el rumbo donde está ubicado el monumento a la revolución. Luis

 

nos invitó a abordar su coche, era bastante tarde para conseguir taxi, y a esas horas

 

estábamos expuestos a tener que hacer un pago elevado por una dejada hasta la

 

colonia Zona Escolar, cerca de donde está ubicado el reclusorio norte.

 

“EL DIABLO ANDA CUAL LEON RUGIENTE”

 

Fue poco lo que Juan Manuel pudo platicar con Luis, quien iba un poco preocupado porque

 

el indicador de aceite del coche le marcaba rojo. Había el peligro de que por falta de

 

lubricante se “desvielara” el motor. Nos pidió que lo dirigiéramos por una ruta donde

 

hubiera una gasolinera. Localizamos varias, pero con tan mala suerte, que éstas ya se

 

encontraban cerradas. Tal vez los dueños de estos expendios decidieron cerrar más

 

temprano, atemorizados por la ola de asaltos que se habían registrado en la metrópoli.

 

Fue hasta que pasamos la Central de Autobuses Norte, por la avenida Cien Metros,

 

cuando localizamos un expendio abierto y al fin pudimos conseguir el lubricante para el

 

motor. Luego de que le pusieron varios litros, enfiló por la avenida hacia el norte y

 

llegamos a la colonia Zona Escolar, se detuvo a cinco calles del reclusorio. Nos ç

 

despedimos y bajamos del auto compacto. Luis enfiló hacia la esquina para dar la

 

vuelta en “U”; como a 30 metros, cubiertos por la oscuridad, dos figuras caminaban

 

directamente hacia nosotros.

 

Poco a poco su fisonomía quedó al descubierto. Se tambaleaban de uno a otro lado,

 

parecían borrachos. En sus manos portaban “chachos”, de esos garrotes que puso de

 

moda Bruce Lee, aquél oriental karateca que murió al parecer intoxicado por el abuso

 

de la droga. y sobre quien se tejieron una serie de historias fantásticas. Cuando estas

 

personas estuvieron a unos cinco metros de distancia, ya el auto de Luis había dado la

 

vuelta, sacó la cabeza para despedirse, y los amenazantes vecinos se molestaron e

 

intentaron agredirlo; sólo que el auto compacto se encontraba en plena marcha. Juan

 

Manuel les dijo que ya se iba, que no era de peligro. Cuando tuve cerca a aquéllos dos

 

bultos,

 

sentí una especie de temor, la primera idea que se me vino a la cabeza fue agredirlos

 

a golpes, si rebasaban la línea imaginaria que había formado para nuestra seguridad.

 

Ellos andaban buscando camorra, movían de uno a otro lado sus garrotes; seguimos

 

de frente hasta nuestro hogar que quedaba unos pasos adelante, enseguida del árbol

 

que quedó debajo de la banqueta por el trazo urbano.  Atrás quedaban los vecinos

 

belicosos. “El diablo andaba cual león rugiente buscando a quien devorar”.

 

EL IMPACTO DEL ESPIRITU SANTO

 

El golpe del pasador de la chapa indicaba que la puerta de la calle había quedado

 

segura. Eran cerca de las 2 de la mañana. Mientras tomábamos café y pan, Juan

 

Manuel y yo dialogábamos en la cocina en voz baja. El silencio de la madrugada era

 

roto de vez en cuando por los lejanos cantos de los gallos. De pronto, Juan Manuel me

 

hizo una pregunta:

 

¿Te vas a ir mañana a Culiacán?

 

Como mi respuesta fue “sí”, repuso de inmediato: ¿entonces me vas a dejar orar por

 

ti?; una vez más, mi respuesta fue afirmativa, no había ningún impedimento para ello.

 

Abrió la Biblia y dio lectura al capítulo 10:9 y 10 de la epístola a Los Romanos:

 

“Que, si confesares con tu boca al Señor Jesús, y creyeres en tu corazón que

 

Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para

 

justicia; mas con la boca se hace confesión para salud”

 

Enseguida dijo:

 

    “Ciérrame los ojos. ¿Crees que Jesucristo es el Hijo de Dios?”

 

Sí, respondí

 

“¿Crees que vino a la cruz a morir por ti?”, insistió.

 

Sí.

 

“¿Crees que Dios le levantó de los muertos?”

 

Al externar el tercer “sí”, sentí como por la mano que me tenía agarrada entró una

 

descarga eléctrica. Como si millones de hormiguitas se me fueran subiendo por la

 

mano.

 

No me dejó que abriera los ojos. Replicó: “mantén cerrados los ojos”, enseguida hizo

 

una oración para presentarme delante de la presencia de Dios: “Señor, aquí está tu

 

hijo, toma su vida, condúcela, guíalo, dale de tu dirección para que no se aparte

 

de tu camino”.

 

Cuando esta segunda oración concluyó, llegó hasta mi nariz un delicioso aroma a

 

nardo; ¡era un olor grato, agradable, fragante, exquisito!  Era algo que jamás había

 

olido, acostumbrado a los perfumes del mundo y los aromas de lociones para después

 

de afeitarse. Pero este aroma era completamente diferente a todos los demás.

 

“Por el olor de tus suaves ungüentos, (ungüento derramado es tu nombre)

 

Por eso las doncellas te amaron” Cantares 1:3.

 

Cuando abrí los ojos, le manifesté a mi hermano:

 

¡Lo olí, lo olí, lo olí!

 

Pero ahí empezó el ataque del diablo, porque de inmediato me asaltó la duda, y

 

pensaba en silencio: “Me ha de haber rociado la nariz con algún spray para hacerme

 

creer”. Pero eran los primeros embates del diablo.

 

Juan Manuel, solamente se concretaba a indicarme, con el dedo en la boca, que

 

bajara la voz. Aquélla experiencia que había tenido, era algo especial. Había recibido al

 

Señor Jesucristo como Mi Salvador personal. Me dijo que había una fiesta grande en

 

el cielo. Que los ángeles estaban felices porque otro pecador se había arrepentido, y  

 

ahora me iba con los redimidos al reino de los cielos. Lo sucedido momentos antes,

 

vendría a cambiar el curso de mi vida.

 

La transformación en mi persona fue inmediata; sentía en mi interior algo que me fluía.

 

Una especie de emulsión que iba por todo mi ser. Era como si en mi cabeza hubiera

 

estado un pizarrón sobre el que por 35 años hubieran escrito y jamás lo hubieran

 

borrado. Es decir, que se encontraba saturado de acontecimientos, para que de pronto,

 

alguien le hubiera pasado un trapo húmedo, y las ideas anteriores se hubieran

 

desvanecido. Ahora tenía claridez en mi pensamiento. Mi mente era como la de un

 

niño: fresca y lista para recibir los nuevos pensamientos.

 

Quise irme a la cama al mismo tiempo que mi hermano Juan Manuel; pero sentí la

 

Necesidad de pasar primero al baño. Esta vez no accioné el apagador para iluminar el    

 

cuarto. Aunque parezca risible, pero a pesar de mis 96 kilos de peso, y del aspecto de

 

valentón de pueblo que se veía con el espeso bigote cultivado por años, sentía temor y

 

recelo hacia la oscuridad. Esta vez no sentía miedo. Cuando regresé para acostarme,

 

sentía necesidad de leer primero la Biblia. Tenía hambre de la Palabra de Dios.

 

SONIDOS SATANICOS

 

Libro Sagrado en mano, caminé hasta la cocina, el único lugar donde podía encender

 

la luz sin molestar al resto de la familia que a estas horas dormían plácidamente. Abrí la

 

Biblia en el evangelio San Mateo. Empecé la lectura, y cuando llegué al versículo 18,

 

algo sucedió porque empecé a entender lo que leía. Algo había sucedido en mi cabeza,

 

porque una vez quise leer la Biblia, sólo que en aquélla ocasión me daba un sueño

 

profundo. Yo argumentaba que era porque este tipo de lectura no me interesaba; pero

 

la verdad era que el “inquilino” que vivía en mí, no me dejaba. Me manejaba como un

 

títere. Ahora era diferente porque aquélla página era clara para mí:

 

“Y el nacimiento de Jesucristo fue así: Que siendo María su madre, desposada

 

con José, antes que se juntasen, se halló haber concebido del Espíritu Santo”.

 

Mientras más me adentraba en la lectura, mayor era el interés que se despertaba en mi

 

interior por estas historias sagradas. Mi ser, ávido de la Palabra de Vida, recorrían con

 

interés los renglones en busca de la verdad. Página a página fui adentrándome en los

 

relatos de los primeros pasos del Señor Jesucristo en la tierra. Lo que leía no era

 

solamente una historia pasada y olvidada; sino que sentía que las palabras tenían vida

 

propia y que estaban hablando directamente a mi ser.

 

Cuando mayor era mi interés por la lectura, de pronto escuché en mi cerebro el canto

 

espiritual de un gallo satánico. Fue algo horrible que erizó mi piel; los ralos pelos de mis

 

manos se pusieron de punta. Sentí un temor no experimentado anteriormente. Un frío

 

recorrió todo mi ser; el cual no pude resistir y de improviso me levanté para dirigirme

 

donde estaba el resto de la familia. Iba casi a la carrera con la Biblia abierta en mi

 

mano derecha. Cuando intempestivamente, algo me ordenó que me detuviera, me

 

armó de valor y di media vuelta para regresar a la cocina. En mis adentros repetía: “¡

 

Señor Jesucristo, yo no te voy a traicionar... no te voy a traicionar... No te voy a

 

traicionar!” Estas últimas palabras sonaban como trompeta en mi cerebro. Luego de

 

colocar una vez más la Biblia sobre la mesa, me arrellané sobre la silla que momentos

 

antes había dejado vacía. Dirigí la mirada a la lectura que había dejado inconclusa, y

 

me concentré completamente en lo que leía; esta vez el canto del gallo satánico tronó

 

como lamento en mis oídos. No hice caso, seguí leyendo; unos instantes más tarde, el

 

canto del gallo sonó con mayor rencor, la piel se me volvió a llenar de grumos, pero

 

seguí adelante. El canto se repitió no sé cuántas veces más, pero al insistir en la

 

lectura, aquellos lamentos endemoniados se fueron esfumando, hasta que, ¡Gracias a

 

¡Dios!  desaparecieron por completo.

 

En mi vida ya había antecedentes de cantos satánicos como el que acababa de

 

escuchar. Hacía 8 años atrás que tuve una experiencia similar; fue cuando fumé

 

mariguana sin revolverla con cerveza o alcohol. En aquélla ocasión, me introduje en

 

un hotel de paso y fumé tal cantidad de droga, que padecí lo que entre los jóvenes se

 

conocía como “un pasón”.

 

Todavía bajo el influjo de la droga, llegué hasta la casa donde vivía junto a mis padres;

 

aún era soltero; sólo que, al tratar de conciliar el sueño, los cantos endemoniados me

 

estuvieron atormentando durante toda la madrugada. Esa ocasión estuve a punto de

 

confesarles a mis padres que me había drogado. Varias ocasiones me regresé de la

 

puerta de su recámara, donde estuve a punto de tocarles. No pude conciliar el sueño,

 

atemorizado por los espantosos cantos del gallo satánico. Decidí no volver a

 

experimentar el uso de la mariguana, a pesar de las inmensas ganas que sentía al día

 

siguiente por volver a la droga. Esa vez pudo más el temor de los cantos, que los

 

consejos del diablo que quería arraigarme este vicio.

 

Esta vez se repetían los ataques del diablo, sólo que ahora eran porque me estaba

 

profundizando en la Palabra de Dios. A pesar que era entrada la madrugada, para mi

 

parecía que apenas eran las 8 de la noche. Espiritualmente era un recién nacido.

 

Una vez que me sentí bien con todo lo que había leído, opté por irme a la cama, donde

 

hacía largo rato que mi hermano dormía plácidamente. El movimiento del colchón lo

 

despertó, me tomó la mano derecha, de inmediato sentí como por su mano me pasara

 

corriente eléctrica; la que luego fluía hacia él; había una armonía perfecta. Sentía como

 

si mi cuerpo flotara en el aire.

 

PRIMER AYUNO

 

“Buenos días abuelitos”.

 

Sonó la voz de mi sobrino Juan en mis oídos como el timbre de un reloj despertador.

 

Abrí los ojos y lo vi cargando a sus hijas Zwan y Zoe. Las llevaba a casa para dejarlas

 

que las cuidara mi madre. Lo hacía regularmente, porque su esposa y él tenían que irse

 

a trabajar. Esta vez llevaba un pedazo de chorizo envuelto en una bolsa de plástico.

 

Mientras dejaba a sus hijas en las tibias cobijas de la cama de mis padres, buscando tal

 

vez que volvieran a quedarse dormidas, entregó aquél envoltorio. En dos o tres

 

palabras le expliqué la experiencia que había tenido con el Señor Jesucristo. De prisa,

 

se despidió, y el sonido del motor de su auto indicaba que se le había hecho tarde

 

para llegar a su trabajo.

 

El chillido de la manteca en la cazuela indicaba que mi madre estaba atareada

 

preparando el desayuno. Hasta mi nariz llegó aquél aroma del chorizo de puerco. No

 

soporté y me tuve que levantar y correr hacia el patio, sentía que me ahogaba. Tenía

 

necesidad de aire fresco, sentía náuseas. Quise deponer a la mitad del patio, pero mi

 

estómago estaba vacío. Se me fueron las ganas de desayunar esa mañana, cuando

 

me hicieron la invitación, no quise participar en la mesa. Algo había sucedido con mi

 

descomunal apetito. El toque del Señor Jesucristo me había preparado para el ayuno,

 

yo desconocía el valor del tesoro que se me había entregado.

 

La mañana del 5 de abril me parecía diferente a todas las que había experimentado en

 

mis 35 años de vida. Visitamos a familias que también habían tenido un encuentro con

 

el Señor Jesús, a través de una oración de fe. Escuché de otras bocas los regalos que

 

mi Salvador les había hecho; pero todas eran diferentes a la mía. Porque el toque de

 

El Maestro es diferente para cada vida.

 

Esta ocasión, en casa de María, esposa de mi primo Raúl, grabamos en un

 

casete relatos que no había escuchado antes. Los testimonios sobre el llamado de

 

Dios a sus vidas quedaron en una cinta, y también el mío. Esa ocasión, por vez

 

primera, escuché testificar a mi hermana Cira Cerezo, una maestra de secundaria a

 

quien el Señor tocó en forma especial, y a quien he visto crecer espiritualmente en

 

forma apresurada.

 

Con su ánimo, Juan Manuel quería comunicar a todas sus viejas amistades las

 

“buenas nuevas” de Salvación.

 

Pasado medio día, estuvimos a visitar a la hermana Ofelia García, presbiteriana desde

 

niña. Luego de que entonamos unas alabanzas al Señor, empecé a sentir un fuerte

 

opresión que hizo cimbrar todo mi ser.  Por mi mente desfilaban uno tras otro,

 

pensamientos asquerosos. En mi cabeza revoloteaban, una tras otra, horripilantes

 

ideas; la opresión satánica tejía una maraña tratando de destruirme; bajo la consigna:

 

¡debes ser del diablo y de nadie más!

 

Por mi parte, no comprendía qué estaba pasando con mi vida espiritual. En medio de

 

las alabanzas al Señor sentí un impulso de hincarme a orar porque había algo en mi

 

ser que me redargüía toda la maldad que surcaba mi mente. Estuve hincado varios

 

minutos, pasados éstos, me levanté y mi hermano preguntó:

 

“¿Estás contento?”

 

Al no obtener respuesta, pensó que había dicho que sí; pero la verdad es que me daba

 

vergüenza darle a conocer las ideas que fluían por mi cerebro.

 

Los subsiguientes días me hizo una serie de recomendaciones; las que sólo oía, pero

 

no se me quedaban grabadas. La opresión satánica me robaba los consejos, que bien

 

aplicados contrarrestarían las asechanzas del enemigo de nuestras almas.

 

“Resistid al diablo y de vosotros huirá”

 

El 6 de abril sostuve una lucha espiritual fuerte; mi pasado me hacía insinuaciones para

 

que volviera atrás; quería que regresara a ser lo que era: un periodista prepotente,

 

vanidoso, engreído, ambicioso, mal pensado, rencoroso, mentiroso, adúltero y todo lo

 

demás que el diablo ha inventado para tener al hombre encadenado al pecado, y con

 

estos lazos conducirlo hacia la destrucción de su carne, y llevarlo al infierno, que es la

 

muerte segunda, donde lo espera la condenación eterna. Una vez más, mi carne

 

coqueteaba con el pecado. Pero mi recién nacida vida espiritual trataba de dirigirme por

 

las sendas de la libertad.

 

De pronto, leí algo en la Biblia que me atemorizó; la palabra de Dios taladraba mis

 

oídos para prevenirme del lazo que me tendía el diablo. Me daba indicaciones y me

 

alertaba del peligro que se cernía sobre mi ser. Al impacto de los consejos y

 

recomendaciones, me puso medroso; entregué a mi hermano un poco de dinero que

 

traía conmigo, y que era el resultado de haber cancelado el boleto obsequiado por

 

un funcionario.

 

Desde luego que él no quería recibir el dinero, porque desconocía su procedencia, pero

 

a base de tanto insistirle, terminó por aceptarlo con la condición de que lo depositaría

 

en un banco hasta esperar las indicaciones de Dios para encauzarlo. Hasta el dinero,

 

que en otro tiempo tenía un atractivo especial para mí, me daba miedo. La opresión

 

aumentaba más y más.

 

Temeroso me fui a la cama esa noche del 6 de abril de 1984; y en sueños vía la

 

palabra “manicomio”. Su estructura me impactó. Había algo en estas letras que me

 

causaron una tremenda impresión. La mañana del día 7, me levanté desganado. Mi

 

madre, al ver mi rostro, me preguntó:

 

“¿Qué tienes?”

 

Nada. Respondí, pero había algo raro en mí. No lo entendía, pero el peligro me

 

acechaba, sobre todo ahora que había llegado la fecha de mi viaje. Esta vez iría solo,

 

no había posibilidad de cancelar el viaje,

 

El vuelo a Culiacán estaba anunciado muy de mañana. Había que irse rápidamente al

 

aeropuerto para no perder el boleto.

 

Con la frescura de la mañana les dije adiós a mis padres. El enemigo se regocijaba

 

porque en unos momentos quedaría a su merced. El diablo me había tendido un lazo

 

que mi carne no veía, pero mi espíritu presentía.

 

Luego de despedirme de mis progenitores, me enfilé hacia la calle. Platicaba con mi

 

hermano. Abordamos un tema que ya no recuerdo. Algo sin trascendencia para mí.

 

Caminaba como un hombre sin voluntad. El anuncio de la parada del Metro

 

Aeropuerto indicó que habíamos llegado. A estas horas de la mañana, había bastante

 

movimiento en la terminal aérea.. Hice una larga fila en las oficinas de Aeroméxico.

 

Algo en mi interior no andaba bien, pero no lo comprendía porque solamente habían

 

pasado dos días desde mi encuentro con el Señor Jesucristo. El peligro de una caída

 

por desobediencia se cernía sobre mí.

 

Antes de abordar el aparato que utilizan los policías del aeropuerto para revisar a los

 

pasajeros y evitar que introduzcan armas a los aviones, Juan Manuel me detuvo y me

 

entregó una Biblia que llevaba en la mano, tenía varios años en su poder; fue el

 

segundo libro sagrado que llegó a sus manos y la tenía marcada con las revelaciones

 

que le había dado El Señor. Tomé las Sagradas Escrituras en mis manos y cuando le

 

busqué los ojos para despedirme, se dio media vuelta y habló completamente de

 

espaldas:

 

“Ya sabes que no me gustan las despedidas. Vete, así será mejor”.

 

Como un simple objeto pasé la revisión. Las escaleras de enseguida se me hicieron

 

largas para llegar a la sala de espera. Busqué un lugar donde sentarme para esperar

 

indicaciones por las bocinas ubicadas estratégicamente para que todos escuchen. Abrí

 

la Biblia y leía con desgano. Por más esfuerzos que hacía no asimilaba como en

 

anteriores lecturas.

 

“Pasajeros del vuelo 102, favor de pasar a la sala cuatro”.

 

Sonó la voz que vino a ocupar mi mente, que en esos momentos se encontraba en

 

blanco. Ahí tuvimos que esperar un poco más, mientras el avión se acomodaba y los

 

trabajadores de la aerolínea embonaban las escaleras para que se introdujeran sin

 

peligro los pasajeros.

 

Fui de los últimos en abordar la comercial aeronave. Mostré mi boleto y me dieron el

 

paso libre. Me acomodé en una fila con tres asientos. Lo anaranjado de las fundas en

 

los respaldos daban una singular armonía al interior del avión.

 

Qué bueno que me tocó ventanilla, así podré distraerme un poco con las nubes.

 

Repuse en voz baja.

 

El viaje sería un poco más pesado que el anterior, porque haría escala en Guadalajara;

 

de todas formas, era mejor irme en éste que esperar al día siguiente el directo, porque

 

me permitiría llegar temprano para presentarme a la redacción. El permiso para

 

ausentarme de mis labores había vencido el día 5 de abril y ya estábamos a 7. Dos

 

días de retraso son bastantes para un periódico.

 

TRES PALOMAS EN EL CIELO

 

El golpe en el pecho por la velocidad, me obligó a arrellanarme en el blando asiento.

 

Las turbinas del DC9 tronaron aún más. No se escuchaba palabra alguna. Podía ver los

 

foquitos de la parte superior del avión. Una especie de sube y baja, suave, indicó que

 

habíamos dejado tierra sin mayores contratiempos.

 

Qué raro, pensé, esta vez no sentí temor, como en otras ocasiones, al volar.

 

Algo había sucedido en mi personalidad; no hubo temor durante el despegue. No me

 

pude haber convertido en un valiente de la noche a la mañana. Veía por la ventanilla

 

los tapetes que forman las nubes, y que invitan a quitarse los zapatos para sentir su

 

suavidad. Mientras miraba por aquélla rueda de vidrio de mi costado, pensaba en lo

 

que me había sucedido, y por unos instantes mi mente se quedaba en blanco.

 

“En unos momentos más estaremos aterrizando en la ciudad de Guadalajara. Para

 

su seguridad, abróchense los cinturones”, dijo una voz por las bocinas. Instantes

 

después, el avión se posó en tierra. Fueron pocos los minutos que la nave

 

permaneció en tierra, lo suficiente mientras descendieron y abordaron el aparato los

 

pasajeros.  Cuando el avión enfiló para tomar la pista de despegue, me asomé por

 

la ventanilla y detuve la mirada en el horizonte. Aquello parecía un hermoso sueño:

 

Vi, en medio del cielo despejado, tres palomas formadas con nubes. pero no eran

 

simples figuras, sino que su forma era perfectamente bien trazada; obra de una

 

mano experta; algo difícil de igualar, ya no digamos superar.

 

La primera paloma era chica; sobre ella había una mayor, y sobre ambas una de

 

enorme tamaño. el espectáculo que tenía frente a mí, era de verdad impresionante.

 

Quise compartir con alguno de los pasajeros aquélla hermosura, pero no había nadie a

 

mi alcance. Además, el avión se encontraba en movimiento, y no era pertinente

 

molestar al resto de la tripulación. Me pregunté en silencio el por qué estaba mirando

 

aquello. ¿Por qué tenía ante mi esta belleza, si era un pecador? ¿por qué el Señor se

 

había ocupado de mí, habiendo otros con menos pecados? Por mi mente revoloteaban

 

ideas: Nunca he ido a estudiar teología, entonces ¿por qué tengo este privilegio?

 

Desconocía que para ser ministro de Dios no es necesario ir a quemarse las pestañas

 

en un seminario por 12 años o más. No sabía que para ser ministro de Dios hay que

 

esperar el llamado del Señor al corazón de un hombre. Y Dios escogió al más ruin del

 

mundo, para avergonzar lo que se dice ser santo y apartado. El volumen santo explica

 

que Dios no vino a llamar justos, sino pecadores al arrepentimiento. Y yo, era un

 

pecador que había sido escuchado por mi Salvador.

 

Además, cuando el hombre se llena de conocimiento teológico, cuando es instruido del

 

hombre, aquél ser que logra un acervo cultural, se siente grande; se llena de vanidad, y

 

piensa que él mismo es Dios; pero ignora que Dios es uno, y que es el mismo que hizo

 

los cielos y la tierra. E incluso El que hizo a los mismos vanidosos religiosos llenos de

 

maldad y podredumbre, tan llenos de letras, pero corrompidos por dentro que asemejan

 

a “sepulcros blanqueados”, como dice la Escritura.

 

Luego de sobre volar por la ciudad de Culiacán para enfilar a la pista del aeropuerto de

 

Bachigualato, el avión tocó tierra en forma suave. Sentí cómo por mi espalda entró

 

aire fresco, una vez que me desabroché el cinturón de seguridad. Tomé mi Biblia y

 

bajé las escalerillas. Había bastante movimiento en la terminal. Los reporteros de los

 

diarios estaban al acecho de la noticia. Por ahí me descubrieron Antonio Quevedo

 

Zuzunaga y Horacio Roldán Mejía, compañeros de labores. Andaban a la caza de la

 

noticia. Buscaban funcionarios para entrevistarlos y completar el trabajo de aquél día.

 

Me reconocieron y nos saludamos. Hicieron algunas bromas al ver mi estado físico.

 

Llevaba el rostro descompuesto:

 

“¿Qué te pasó? preguntó Antonio, y él mismo se respondió: ¿mira qué cara traes?”

 

¡Oye!, dijo Horacio, no has dormido ¿verdad?

 

Insistió Antonio: ¿te has de haber pasado unas noches en vela?... Cómo te debes de

 

haber divertido allá.

 

Esta última insinuación no me causó agrado. No fue igual que otras veces. En otros

 

tiempos, estas palabras me hubieran llenado de orgullo; porque mis amigos insinuaban

 

que había andado de parrandero; un halago grande para un hombre que presumía de

 

ser muy macho.

 

Al interrogarlos del por qué había tanta gente en el aeropuerto, respondieron que en

 

una hora más, a eso de las once de la mañana, llegaría Fidel Velázquez, para presidir

 

el acto político del siguiente día. Es decir, que el ancestro líder iba a pernoctar en

 

Culiacán ese día 7 de abril.

 

Antes de abandonar el aeropuerto, entrevisté al dirigente Luis Sáenz Urger, presidente

 

de la Unión Nacional de Productores de Hortalizas. Amablemente dio respuesta a

 

cada una de las interrogantes que le fui planteando. Aprovechando que también estaba

 

por ahí, a la mano, entrevisté al delegado comercial de Teléfonos de México,

 

Francisco Ochoa. Con dos notas en la libreta, salí del lugar.

 

Acompañado de Joaquín Corral y su compadre, nos encaminamos hacia la camioneta

 

color mamey que estaba estacionada a unos pasos. Ya a bordo, Joaquín empezó a

 

platicarme de pecado. Sentí un golpe en el estómago. Volvió a abrir la boca para

 

hacerme una segunda insinuación al pecado; no lo soporté: Abrí la Biblia que llevaba

 

en mi mano y empecé a leerle los evangelios. No dejé un instante de darle lectura al

 

Volumen Sagrado. Cuando cruzamos el Bulevar Emiliano Zapata leía con mayor

 

intensidad, para no darle oportunidad a que volviera a abrir la boca. Mi amigo y su

 

compadre no salían de su asombro. Me miraban como un objeto raro, tal vez se

 

preguntaban ¿por qué ahora hablaba de religión cuando apenas una

 

semana antes era un perverso?

 

Una vez que cruzamos el puente “Jorge Almada” pensé que ya habíamos llegado a

 

casa. Era cuestión de esperar unos minutos más. Al fondo se veían los edificios

 

multifamiliares que forman parte del conjunto habitacional INFONAVIT “Humaya”. Al

 

dar vuelta por el Bulevar Constelación, vi la fachada del apartamento. El letrero de

 

Andador Antares era visible. Afuera estaba el Volkswagen color anaranjado, con el

 

toldo nuez, sin placas. Lo “chueco” del automóvil me daba asco. Al ruido de la

 

camioneta, salió María Elena a mi encuentro:

 

“¿Cómo estás? “, preguntó.

 

Bien, contesté. De inmediato le pedí que me diera las llaves del auto para

 

entregarlas a Joaquín. Apenas unos días antes mi amigo me había cambiado la

 

carrocería por una más usada. Sólo que como le debía 53 mil pesos, pues quería

 

regresar aquél auto que me daba repulsión.

 

Repuesto de la sorpresa, Joaquín se negó a recibir las llaves. De prisa se despidió, y

 

casi de carrera con su compadre, se subieron a la camioneta. Se perdieron en el

 

edificio de 4 pisos de la esquina. María Elena y mi hijo, Luis Omar, de sólo 5 años

 

nos introducimos en el apartamento. Mi hijo vivía conmigo hacía meses. Me lo dio su

 

mamá luego de que el pequeño lloraba mucho, tras nuestra separación en el año 1982.

 

En la máquina de escribir portátil, color verde, terminé de escribir las dos notas

 

periodísticas que momentos antes había reporteado en el aeropuerto; pero me

 

enfrentaba al problema de que me hacía falta material para completar mi trabajo de ese

 

día. Sólo tenía dos reportes; era poco material. Hacía falta uno más, para entregar,

 

aunque fueran, tres por ser el primer día de reanudación de labores. Abrí la vieja

 

libreta. La revisé varias veces en forma infructuosa, buscaba información para hacer

 

una nota más. Si lograba un sólo dato, sería bueno, porque me serviría para hacer una

 

noticia. Lo había hecho antes, no podía fallarme; pero no encontré nada que me

 

sirviera.

 

¡Bueno! Si no tengo información, la inventaré, como lo hacía antes. Pensé.

 

Pero cuando quise poner en práctica mis ideas, algo en mi interior no me dejó. En la

 

recién puesta cuartilla que estaba en la máquina, sólo pude escribir mi nombre y la

 

fecha. Había algo que no me dejaba accionar las manos como antes, con el libertinaje

 

que lo hacía. Ahora ya no podía escribir mentiras. No podía inclinarme hacia el pecado.

 

Yo, no lo entendía: “Sed santos, como yo Soy Santo”

 

Salí a la calle para dirigirme al periódico. Llevaba en mi hombro un morral con mi

 

Biblia. Luego de subir las escaleras de caracol del periódico, me introduje en el cuarto

 

de la redacción. Saludé a mis compañeros de labores que tecleaban apresuradamente,

 

para entregar su material. Ahí estaba Antonio Quevedo Zuzunaga, quien platicaba

 

con Javier Cabrera. Al fondo Irene Medrano, y pegada a la ventana, Norma Alicia

 

Ramos. Hubo algunas bromas para mí, las que sentía de muy mal gusto. No me

 

agradaban.

 

Me acerqué a Irene Medrano para suplicarle que me diera un boletín de prensa, de

 

esos que le enviaba diariamente la Universidad Autónoma de Sinaloa, para darle una

 

acomodada y entregarlo, porque no completaba mi trabajo. Me entregó reportes. Lo

 

empecé a leer para enterarme del contenido. Así, a primera vista, saltaban los errores

 

del texto. Ahora los veía con toda claridad. Tenía mayor poder de observación y

 

asimilación. Terminé y entregué el material. Antes de abandonar el vetusto edificio,

 

recordé el consejo de Juan Manuel: “Cuando llegues a Culiacán, busca una iglesia

 

evangélica, y le platicas al pastor lo que te sucedió para que te asesore en tu vida

 

espiritual”.

 

Conseguí un delgado directorio telefónico. A la primera repasada no encontré lo que

 

buscaba. Le pedí ayuda a Irene Medrano. Ella tenía más experiencia, porque era quien

 

hacía las entrevistas a los curas católicos. Me respondió que sí conocía, pero que en

 

esos momentos no podía ayudarme, porque se encontraba trabajando.

 

Abrí una vez más la sección amarilla; allá escondido encontré el indicador de iglesias

 

bautistas. Anoté la dirección y el teléfono. Llamé por teléfono para que me dieran

 

mayores señas sobre su ubicación. Como no respondieron decidí ir a buscar la iglesia

 

para pedir ayuda espiritual. La opresión aumentaba.

 

Llegué hasta la calle Nicaragua y Riva Palacio; ahí estaba el letrero: “Iglesia de Dios,

 

del Evangelio Completo”. Pero no solucioné nada, estaba cerrada. Había sido

 

infructuosa la búsqueda y la caminada emprendida desde el periódico. Pregunté en la

 

casa de junto, y me dijeron que la dueña de la tienda de enfrente era miembro. Me

 

encaminé hasta allá y me metí, pregunté a la joven por la señora. Respondió que sí

 

estaba.

 

Llámale por favor, le pedí.

 

Al preguntarle por el pastor, respondió que no se encontraba; pero insinuó que lo podía

 

encontrar en la iglesia de El Palmito. Le pedí la dirección y me dirigí hacia allá. En la

 

avenida Bravo abordé el camión de pasajeros. Venía repleto. Empecé a

 

sentir temor por los rostros de los pasajeros. Solamente tenía reposo cuando leía la

 

Biblia. A bordo venía un pasajero bebido, les hacía bromas a todos. A mí no me hacía

 

ninguna gracia sus bromas, que consideraba de “mal gusto”.

 

Mientras caminaba por la enlijada calle; al fondo observaba los depósitos de la planta

 

PEMEX. Ahora sólo había que buscar la iglesia. Localicé la calle; los gritos de los

 

jóvenes que jugaban fútbol le daban al ambiente un aspecto de aparente tranquilidad;

 

éste era un deporte que llevaba practicando 22 años; ahora veía con claridad la forma

 

como el diablo tiene entretenido al mundo. La desinflada pelota iba de uno a otro lugar

 

en el improvisado campo, cuyos límites eran 4 grandes piedras que servían de

 

porterías. Descubrí el templo y me acerqué a preguntar por el pastor:      

 

El hermano Felipe Ibáñez salió, dijo una voz que se acercaba a mí. Y repuso:

 

“¿puedo servirle en algo?”

 

No gracias, busco al hermano Ibáñez, respondí.

 

Algo en mi interior me decía que esta persona no era de confianza, y me aconsejaba

 

que me alejara de ahí lo más pronto posible. Lo hice. La opresión demoniaca apenas

 

era tolerable. Algo no andaba bien en mi interior, pero yo no sabía qué era, ni la forma

 

de contrarrestar los embates infernales. Crucé por donde los improvisados deportistas

 

gritaban: “pásala, pasa la bola”. Les saqué la vuelta para que no me fueran a dar un

 

pelotazo. Pensé: “con qué poco tiene el diablo entretenido al mundo. Ahí los tiene

 

distraídos y alejados de Dios”.

 

Llegué a la esquina y sentí necesidad de orar. Quién sabe qué fue lo que impidió que

 

me introdujera en un lote baldío y doblara mis rodillas para suplicarle al Señor ayuda y

 

socorro.

 

Lo accidentado del terreno me ocasionaba un leve dolor en la planta de los pies.

 

Busqué en mis bolsas para ver si traía dinero para el camión. Sí traía, pero sentía

 

miedo hacia el dinero. Me detuve en la esquina esperando la llegada de un camión.

 

Estaba retirada la casa como para intentar irme a pie. Se detuvo la vieja unidad móvil.

 

Le dije al chofer que no completaba mi pasaje y le entregué unas monedas que traía en

 

la mano.

 

“No hay problema, pásale”, dijo.

 

Me bajé en “la canasta de la amistad”. Crucé la peligrosa glorieta. Decidí irme a pie,

 

para no tocar el dinero que llevaba en los bolsillos. De pronto, algo me asustó. Fue uno

 

de los tantos autos con vidrios polarizados que transitan por esta ciudad. Algo en mi

 

interior me decía que me andaban buscando. Crucé la carretera internacional, por

 

donde pasan todos los camiones y automóviles que recorren la ruta del Pacífico. La

 

opresión aumentaba. Pasé caminando por fuera de la retransmisora de ondas

 

televisivas. Iba aprisa, como si alguien me siguiera. A un metro de distancia pasaban

 

zumbando los autos en sentido contrario. Seguí mi camino por la estrecha guarnición.

 

Sentí cómo se mueve el puente con el paso de los pesados trailers; apreté aún más el

 

paso. A lo lejos, detecté a uno de los tantos dementes y parias que pululan por esta

 

calurosa ciudad. Algo en mi interior me decía que este demente, que se entretenía

 

mirando cómo pasaban los camiones, era también un “aleluya”; sólo que se

 

encontraba así para engañar al diablo, porque lo andaba buscando para hacerle daño;

 

al igual que a mí. Cuando pasé junto a él le dije en voz baja: “¡Aleluya!” y me detuve

 

unos pasos adelante, como esperando alguna seña. El paria ni se inmutó; tenía fijos los

 

ojos en las largas filas de unidades móviles que hacían fila a consecuencia de lo

 

reducido del puente.

 

LA POSESION

 

Las espesas capas de la noche empezaban a caer como manto sobre la ciudad. Las

 

luces en los hogares indicaban que estaba por pasar a la historia un día más. En el

 

interior del apartamento leía con avidez la Biblia. No había querido comer alimento

 

alguno, y sólo acepté un poco de pan, del que había dejado la mamá de María Elena, a

 

su paso por casa. Mientras mis ojos se deslizaban por los renglones del volumen Santo

 

que tenía a mi alcance, me repetía insistentemente: “No cabe duda Gustavo Adolfo,

 

eres un sabio. Es increíble que un hombre común y corriente como yo, que ha luchado

 

con interés por superarse, y viva sin riquezas, tenga en sus manos toda la sabiduría del

 

mundo. ¡Soy un sabio!,” me repetía, “Nadie sabe lo que yo”. La posesión subía de

 

intensidad.

 

Continué con la lectura de la Biblia y empecé a leer ahí mismo la historia de mi vida.

 

El diablo me hizo creer que yo era un personaje que estaba incluido en estas historias

 

sagradas. Ahí estaba tejida una trampa con hechos pecaminosos de mi vida pasada.

 

De pronto, detuve la lectura, algo en mi interior me encaminó hacia la recámara, ahí

 

estaba María Elena, y quise cohabitar con ella, que no era mi esposa. Fue cuando

 

llegó la desobediencia y en consecuencia la posesión satánica fue completa. Vi una

 

sombra negra que me decía: “Tú eres satanás”. Sentí

 

como si estallara una bomba junto a mí. Vi resplandores de luces por la ventana,

 

empecé a ver visiones...

 

“Cuando el espíritu inmundo ha salido del hombre, anda por lugares secos,

 

buscando reposo, y no lo halla. Entonces dice: Me volveré a mi casa de donde

 

salí. Y cuando viene, la halla desocupada, barrida y adornada. Entonces va y

 

toma consigo otros siete espíritus peores que él, y entrados, moran allí; y son

 

peores las cosas últimas del tal hombre que las primeras: así también

 

acontecerá a esta generación mala” Mt. 12:43 al 45.

 

Posesionado, no soporté y salí de la recámara. Empezaba el suplicio. Ahora sí estaba

 

en manos del espíritu inmundo, el enemigo de nuestras almas iba a empezar su lucha

 

para destruirme. Me dirigí a Miguel Ángel, el hermano de María Elena, quien se

 

encontraba dormido en el suelo; ahí había tendido su cama:

 

Miguel Ángel, le dije, mañana sales temprano y le dices a este vecino que deje salir

 

al pueblo de Israel; porque si no lo hace se las tendrá que ver conmigo.

 

Las indicaciones que le deba en estos momentos a Miguel Ángel eran una

 

remembranza de la orden que Dios le dio a Moisés para que le dijera a Faraón, a fin

 

de sacar a su pueblo de la esclavitud de Egipto. Él no tenía conocimiento de la Biblia,

 

ni sabía quién era Faraón, mucho menos sabía del pueblo de Israel. Ante mi

 

insistencia por decirle al pie de la letra lo que le tendría que decir a mi vecino Faraón,

 

Miguel optó por decirme que ya me había escuchado, y que lo haría por la mañana.

 

Satisfecho porque mi orden sería cumplida, una vez más me encaminé a la recámara

 

donde se encontraba María Elena.

 

Me dirigí a ella y le dije que era Israel, y que si había caído era por su desobediencia; le

 

externé que le había hecho falta mayor conocimiento, para evitar caer en el pecado.

 

Me sentía Moisés; aquél santo varón que Dios levantó para liberar al pueblo de Israel.

 

Un fuerte golpe en el cuarto donde dormía mi hijo Luis Omar me llamó la atención;

 

me dirigí al interior y lo que tenía frente a mí me dolió en el alma: mi hijo tirado debajo e

 

la cama y por su nariz le surcaba una espesa capa de sangre. Me asusté y grité:

 

¡Con mi hijo no!

 

Lo tomé en mis brazos, lo llevé a mi recámara y lo acosté. Parecía como si él se

 

encontrara ido de su mente. Lo dejé dormido.

 

Insistí ante María Elena que “ella no sabía nada”; pero le expliqué que no se

 

preocupara porque le ayudaría para ponerla al tanto, y para evitar que volviera a tener

 

una caída. ¡” Se acabó tu ignorancia Israel!” le repetía. Instantes después, salí del

 

cuarto y me dirigí al de mi hijo que estaba vacío, donde estuve atormentado sin poder

 

conciliar el sueño.

 

La posesión repetía en mis adentros que tenía que escribir un libro donde pondría al

 

descubierto “los grandes secretos de los sabios de Sión”, pero en la libreta que tenía

 

delante de mí, solamente trazaba unas desajustadas líneas, y no escribía nada más. Mi

 

mente y mi ser estaban fuera de mi control.

 

Los rayos del sol que se colaban por las ventanas anunciaban la llegada de un nuevo

 

día; sólo que éste no era un día cualquiera, sino que sería crucial en mi vida.

 

Posesionado, no dormí en toda la noche. Los ataques del espíritu inmundo venían una

 

y otra vez sobre mí. Salí de casa con la Biblia en la mano, preocupado por la

 

esclavitud del pueblo, tenía la intención de reunirlos a todos para sacarlos de este lugar

 

a como diera lugar. El diablo me insistía en que yo era una especie de Moisés. Sólo

 

tuve oportunidad de invitar a una vecina, la que dijo que más tarde iría a casa; en estos

 

momentos no, porque iba a llegar a su hogar con los alimentos que había adquirido en

 

la tienda. Más tarde, me dirigí a otra vecina y le reclamé:

 

- ¿Por qué vive con este señor que no es su marido?

 

La pareja solamente se me quedó mirando y no dijeron nada más; tal vez pensaban

 

que estaba completamente loco; aunque el tiempo que habíamos durado como

 

vecinos, no había mostrado los síntomas de demencia.

 

Enseguida me fui a casa de otra vecina y le dije que su esposo tenía relaciones con

 

María Elena. Es decir, que tanto ella, como yo, vivíamos engañados por nuestros

 

cónyuges. Ella no abrió para nada su casa; su hijo lloraba en el interior atemorizado por

 

las palabras que no le decía.

 

Me regresé a casa. Los ataques del diablo eran cada vez más fuertes. Los arranques

 

de ira y celos, iban y venían sobre mí. Primero me encaré con el hermano de María

 

Elena; le grité en su cara:

 

- ¡Eres un desobligado! bien que vives aquí y comes aquí y no eres capaz de dar el

 

gasto a tu hermana.

 

“¿Porqué dices eso?” respondió.

 

“No te hagas”, repliqué.

 

Incontrolable, le grité quien sabe qué tantas cosas más en su cara; esto a pesar de que

 

él compraba sus alimentos y en casa solamente consumía tortillas o café. Pero el

 

diablo es quien le mete a una persona lo tacaño.

 

Irritado al máximo, sentía como si toda la cara me ardiera de coraje, y le grité que me

 

pegara en el rostro. El gritó:

 

- “¡No Gustavo Alonso!”

 

Como yo insistía a grito abierto y no me agredía, le pegué una bofetada. Gracias a

 

Dios se me zafó la mano que lo traía agarrado y salió a la calle. No lo pude detener.

 

No importaba, todavía quedaban a mi alcance María Elena y mi pequeño hijo Luis

 

Omar.

 

Me llevé a mi hijo a la recámara, tomé un cinturón y le pregunté:

 

- ¿Quién se mete por esta puerta de la parte de atrás de la casa cuando yo no estoy?

 

Mi hijo solamente se me quedaba mirando. En su mente infantil no podía haber

 

maldad. Le di varios golpes con el cinturón. Enseguida agarré a María Elena y le

 

pregunté el por qué me engañaba. Le preguntaba en forma presionada que me

 

respondiera si el vecino se metía por la parte trasera de la casa. Ella lo negaba, pero en

 

mi interior algo me decía que sí me engañaba. A pesar de los golpes no logré

 

arrancarle nada.

 

El diablo me decía que, si quería salvarme, tenía que matar a Miguel Ángel, enseguida

 

a María Elena y de esta forma quedaría libre. Porque de lo contrario, sería sometido a

 

un juicio riguroso. Lo que más me podía era que Miguel Ángel se me había escapado

 

de la mano. No lo tenía al alcance para cumplir con la orden del enemigo de nuestras

 

almas. Y matar a María Elena no resultaría porque la voz decía que primero su

 

hermano, y luego ella.

 

Enseguida me dio por romper todo lo que tenía al mi alcance. Todos los adornos fueron

 

quebrándose al impacto del suelo. Llamé a mi hijo y le dije que me ayudara. Medio

 

temeroso y con un poco de gusto accedió. Más tarde, le dije a María Elena que la iba a

 

dejar, que esta era la única forma de enmendar el pecado en el que vivíamos. Ella

 

lloraba amargamente, tal vez pensaba que me había vuelto loco, y no estaba

 

equivocada.

 

Sentía que no podía detener a la opresión que me daba órdenes peores a cada

 

instante. Le grité a María Elena que se fuera de la casa; ella, acostumbrada a salir

 

siempre vestida a la calle, se fue a la recámara para cambiarse la bata. Le grite que se

 

fuera porque ya no me podía contener:

 

  - ¡Vete, vete, vete!

 

Dije a gritos y pataleaba en el suelo como un niño berrinchudo. Al presentir el peligro,

 

movida por Dios, salió del departamento y entonces cerré la puerta de la calle, tomé

 

una silla y la lancé contra la ventana, me dirigí al pasillo, y luego de destrozarme las

 

manos a golpes contra la pared, aquélla voz interior del demonio me ordenó lanzarme

 

de cabeza por arriba del sillón verde. Al impacto me conmocioné y me fracturé la

 

columna vertebral. Aquél 8 de abril de 1984, en vez de estar reporteando para los

 

periódicos Noroeste y La Prensa, el acto político en el cual el máximo dirigente de la

 

CTM, Fidel Velázquez, daba su espaldarazo al senador Juan Sigfrido Millán

 

Lizárraga, para que se reeligiera como líder obrero del Estado de Sinaloa; mi cuerpo

 

yacía tirado en el interior de mi departamento, hecho una piltrafa, como resultado de la

 

posesión satánica que padecía.

 

Todavía con el aturdimiento que ocasiona un golpe seco contra la pared, moví la

 

cabeza de uno a otro lado. Quise ponerme de pie, pero no pude; me arrastré desde el

 

pasillo hasta la sala, donde estaba el modular; quería poner una cinta con cantos

 

evangélicos que me había regalado mi hermano. Luego de bastantes esfuerzos, pude

 

ponerme de pie. Sentía que me volvía a caer. Tomé el morral que contenía la Biblia,

 

introduje también un pedazo de pan, el que pensé que me serviría para mitigar el

 

hambre cuando ésta llegara. Salí a la calle para dirigirme al norte por la carretera

 

internacional. Apenas había caminado unos 100 metros, y algo me detuvo. Cambié

 

completamente de opinión y pensé que lo mejor sería irme a Culiacán; ahí estaba el

 

Hospital del Carmen, un lugar donde tienen encerrados en mazmorras a los enfermos

 

mentales; ese sería un buen sitio para descansar. Además, todavía revoloteaba en mi

 

mente la palabra “manicomio”, que había visto en el sueño pasado.

 

DOS VECINOS

 

Atravesaba el estacionamiento de los condominios. Iba temeroso, caminaba

 

pesadamente con la mirada pegada al suelo. Me daba temor mirar hacia arriba. De

 

pronto se allegaron hasta mis dos vecinos. Me buscaban los ojos y no me los hallaban,

 

los escondía en el suelo.

 

“¿Qué tienes Gustavo Adolfo?”

 

Preguntó Ernesto Bernal.

 

Nada.

 

Respondí tibiamente, pero sin darle la cara. Me buscaba los ojos con insistencia. Algo

 

en mí no me dejaba verlo de frente. Caminaban junto a mí. Me hacían plática para ver

 

mi estado mental. Respondía con incoherencias. Les decía que en tres años más,

 

vendría el fin del mundo. Ellos, al parecer estaban interesados, pero solamente me

 

estaban calculando.

 

“Así es que se va a acabar el mundo dentro de tres años... ¿Y qué más?”

 

preguntaba Ernesto Bernal.

 

Yo desvariaba. Decía cosas que ni siquiera imaginaba. Pero iba hablando y hablando.

 

No tardé mucho en sentir los impactos del golpe que me había dado en la cabeza.

 

Sentí un cansancio y les pedí que me dejaran acostarme. Me tiré boca arriba en una

 

guarnición como de un metro de ancho. Me sentía mal, pero empecé a hablar y hablar

 

de Dios. Los niños del rumbo se acercaban hasta mí con curiosidad, pero los adultos

 

que pasaban me sacaban la vuelta. Tal vez pensando que andaba borracho, pero la

 

realidad es que estaba posesionado.

 

Una vez que mis vecinos miraron mi rostro y me vieron el golpe en la frente, se

 

alarmaron y dijeron que le iban a hablar a la Cruz Roja, porque necesitaba

 

hospitalización. 10 minutos más tarde, llegó una ambulancia, y los voluntarios me

 

subieron. Conducía esta unidad móvil de emergencia Enrique, un viejo conocido con

 

quien cultivé una alejada amistad cuando llegué a Culiacán en 1977 a trabajar para la

 

Casa de la Cultura. Me reconoció y me preguntó:

 

“¿Qué te pasó?”

 

Le respondí con una orden; quería que me llevara al Río Évora, en Guamúchil,

 

Sinaloa, porque tenía que bautizarme. Antes de subirme a la ambulancia prometió que

 

lo haría, pero una vez que estaba al volante, giró en sentido opuesto, hacia la Cruz

 

Roja de Culiacán. Me molesté con él, pero no me hizo caso.

 

NO ME TOQUES, YA ME CONOCES

 

Los camilleros me bajaron en la clínica de la Cruz Roja; me puse histérico cuando me

 

sentaron en una cama fría por el hule blanco con que está cubierta. Les dije que no me

 

tocaran; pero una religiosa, con sus hábitos y un ídolo en su pecho, en forma de cruz,

 

tomó una jeringa y se me abalanzó. Pero la miré de frente y le grité:

 

“¡No me toques, ya me conoces, ya sabes de lo que soy capaz! ¡No me toques!”

 

Retrocedió y bajó la jeringa de su mano derecha. Dio marcha atrás, tal vez por temor, o

 

porque reconoció que estaba poseído. Le grité a Bernal que me sacara del lugar. Pero

 

le ordené que me sacara cargando. A regañadientes accedió, y cuando lo hizo, iba en

 

su espalda y abría las manos en forma de cruz, y les decía a los camilleros,

 

enfermeras, médicos y pacientes, que miraran aquél espectáculo. Un simulacro infame,

 

de aquél precioso sacrificio que hizo mi Salvador Jesucristo en la cruz del calvario;

 

cuando murió para darme la vida eterna.

 

En la calle, sin camisa y descalzo; enfilé a pie hasta el lugar donde estaba ubicado el

 

templo evangélico donde fui un día antes a buscar ayuda espiritual. Bernal me cruzó

 

un brazo para ayudarme a caminar. Lo caliente del pavimento me ocasionaba ardor en

 

los pies. Caminé siete calles; en ese trayecto predicaba a Jesucristo. Repetía en

 

forma incesante:

 

“¡Gracias Señor Jesucristo por haberme hecho con una fortaleza física tan grande!

 

¡Gracias por haberme dado tanto vigor!”.

 

A mi mente venía con insistencia el nombre del apóstol Pedro. Le gritaba a Dios que

 

yo no lo iba a negar; gritaba arrepentido por las calles.

 

Ese domingo 8 de abril de 1984 acababa de terminar la escuela dominical cuando

 

llegué a la iglesia acompañado de mis dos vecinos; la mayor parte de los asistentes

 

eran mujeres, entré y les dije que se metieran al templo porque íbamos a orar. Me dirigí

 

al púlpito y lo tomé. Abrí la Biblia y empecé a darle lectura. Leía y leía. Mientras los

 

hermanos oraban. La hermana Elisa abandonó la iglesia, abordó su auto compacto y

 

se marchó a la colonia El Palmito para buscar al hermano Felipe Ibáñez para pedirle

 

su ayuda; ella sabía que estaba posesionado, pero desconocía cómo se hace una

 

expulsión de demonios.

 

CALOR DE LA PALABRA DE DIOS

 

Por mi parte, en la iglesia le daba lectura a la Biblia, descansaba un poco, pero luego

 

insistía con mayor fervor. Los hermanos de rodillas oraban sin cesar. Le pisé los dedos

 

al hermano Miguel que estaba sentado junto a mí. Por fin llegó el hermano Ibáñez y se

 

dirigió hacia donde me encontraba y me puso la Biblia en la espalda, de inmediato,

 

sentí el calor de la palabra de Dios. Quise también ponerle mi Biblia en su espalda,

 

pero no se dejó, sino que me tomó de la mano para sacarme del lugar y no opuse

 

resistencia. Al salir del templo, ahí donde estaban las oficinas, caí de rodillas y ya no

 

me pude levantar. Le pedí al hermano Ibáñez:

 

“Léame la Biblia, por favor”.

 

Solamente así tenía reposo. Sentía un grande descanso en mi ser cuando la lectura de

 

la Palabra de Dios llegaba a mis oídos. Ahí hice mis necesidades fisiológicas. Insistía

 

ante el pastor que continuara la lectura, estaba sentado en una silla y yo tirado en el

 

piso, me leía porciones de la escritura. Pero no me ponía la mano sobre la frente para

 

reprender al demonio que me atormentaba.

 

LLEGO EL DIRECTOR DEL PERIODICO

 

Llegó el director del periódico, Lic. Rubén Romero Ríos, me habló dijo:

 

“Levántate para que te lleven a donde te curen”

 

¡Nó!  respondí y agregué:

 

No cuenten conmigo para su trabajo; renuncio a su empresa.

 

Solamente accedió con la cabeza y salió del lugar.

 

Mientras mi compañera de labores, Martha Alicia Araujo, me mesaba los cabellos con

 

compasión. Susurraba con voz queda para darme ánimos:

 

“¡No te preocupes!”

 

Llegaron elementos de la policía municipal para preguntar del porqué de esta

 

situación. El pastor dijo que no me conocía, que jamás me había visto, y efectivamente,

 

esa era la verdad, pero conocía cuál era el problema que me tenía así postrado. Sólo

 

que hacerlo público hubiera sido un riesgo para él, porque posiblemente también lo

 

hubieran tildado de loco.

 

Solamente momentos más tarde, llegó una vez más la ambulancia de la Cruz Roja,

 

pero esta vez para trasladarme a la clínica del Seguro Social.

 

Me introdujeron en aquéllas amplias salas, iluminadas las 24 horas con luz mercurial La

 

opresión satánica seguía su curso destructor, porque: “El diablo sólo vino para

 

matar, hurtar y destruir”.

 

Empezó a entrevistarme un doctor vestido de blanco. Le respondí que yo había sido un

 

tipo bastante perverso. Escuchó y se marchó más tarde, regresó con médicos

 

practicantes jóvenes. Les daba instrucciones antes de llegar a mí; pero ya lo había

 

escuchado. Me iban a estudiar; iba a servir de “conejillo de indias” para los

 

estudiantes de medicina.

 

Cuando aquél hombre maduro, ataviado de blanco, tomó la iniciativa ante sus alumnos

 

y empezó a interrogarme, quién sabe de dónde salió una mosca grande que volaba

 

cerca de mi boca.

 

Comprendí que no debía hablar. Algo en mi interior me aconsejaba que no abriera la

 

boca. Ante la insistencia del galeno, le dije:

 

No tengo nada que decirles. Además, no voy a hablar con ustedes.

 

El médico maduro, dijo, dirigiéndose a sus alumnos:

 

“Como ustedes ven, este tipo de casos se presentan cuando un pecador tiene un

 

arrepentimiento repentino; entonces vienen este tipo de shock emocionales”

 

Mientras él les decía a sus alumnos que yo era un pecador con las entrañas muy

 

negras, por mi parte, decía para mis adentros: “Tú has de ser muy santo”.

 

Los problemas se agravaron cuando los camilleros quisieron pasarme a la sala de

 

radiografías. no me dejé y les grité:

 

- ¡Quiero hablar con el doctor Millán!

 

En esos momentos, el doctor Millán fungía como responsable de la Clínica del IMSS. Y

 

yo, estaba recurriendo al influyentismo. Como el camillero vio tanto problema para

 

introducirme en la sala de rayos “x”; me regresó a la sala donde estuve anteriormente.

 

Ahí se encontraban algunos pacientes más en espera de que los sometieran a

 

chequeos médicos.

 

Hasta ahí llegó Antonio Quevedo Zuzunaga, iba acompañado del jefe de redacción,

 

Ramiro Guerrero. Luego de saludarme, me dijeron que todo estaba bien; también

 

externaron que habían hablado por teléfono de Gobierno del Estado para enterarse

 

de mi estado de salud, ya que posiblemente, en breve, me visitaría el jefe de relaciones

 

públicas, Cuitláhuac Rojo.

 

Instantes más tarde, llegó Pablo, cuñado de María Elena, iba acompañado de su

 

hermano. Me saludaron y preguntaron por mi estado de salud. Cuando se despidieron

 

les dije que le hablaran a María Elena para que me trajera la Biblia.  Minutos después

 

llegó, y me mostró la Biblia, le pedí que me la leyera. Lo hacía en voz baja, me irrité y

 

le grité:

 

“¡Si no quieres leer, mejor vete de aquí!”

 

Se marchó y me dejó solo. Junto a mi cama estaba un hombre que acababan de traer;

 

al parecer tenía un problema renal. Para hacer sus necesidades fisiológicas utilizaba

 

una sonda. Cuando se descubría para hacerlo, su esposa lo veía con ojos libidinosos.

 

Eso me molestaba. En mi cuerpo empezó a subir el calor, mi cuerpo ardía, mi

 

temperatura subía.

 

ROSTROS ENDEMONIADOS EN LA SABANA Y LA ESPERADA LIBERTAD

 

Me tocaba las manos con espanto, esperaba que en cualquier momento se me

 

empezara a caer a pedazos la carne, a causa del calor. Pese a que durante 7 años

 

había jugado fútbol en la calurosa capital de Culiacán; ahí, a temperaturas de más de

 

40º, esta vez el calor era de mayor intensidad.

 

Con una punta de la sábana que me cubría el cuerpo, me limpié la resequedad de la

 

boca. Vi con asombro cómo se dibujó el rostro de un demonio. Enseguida volví a

 

limpiarme la boca con otro pedazo de la sábana, y se formó otro rostro igual. No sé si

 

fueron 15 o 20 las veces que hice la misma operación, y el mismo número de

 

ocasiones vi cómo se formaban los rostros espantosos. Casi inmediatamente empecé

 

a emitir una oración. Mi boca se movía sola. No estaba bajo mi control, pero de mis

 

labios salían frases para dirigirse directamente al Señor. El calor subía de intensidad y

 

la oración era ferviente. Yo, no sabía lo que estaba sucediendo; de pronto hice el

 

intento de deponer, pero por mi boca salían solamente aire y quejidos. El Espíritu

 

Santo estaba haciendo una limpia del templo de Dios. Aquello fue algo realmente

 

impresionante. No había nadie por ahí cerca, en esos momentos, los demonios eran

 

despojados de mi cuerpo. Mi libertad había llegado, Gracias a Dios. El Señor

 

Todopoderoso tuvo misericordia de mí. Doy gracias a mi Salvador Jesucristo por el

 

regalo tan hermoso que me dio: Mi ansiada libertad ¡Aleluya!

 

Pero no todo terminó ahí, sino que, con la expulsión de los demonios, la opresión

 

insistió una vez más. El arranque destructor del enemigo de nuestras almas, quería

 

volver una vez más a mi cuerpo.

 

Me les quedaba mirando a enfermeras y médicos. Aquello me atemorizaba. Gritaba

 

que no me fueran a matar. Les pregunté a los practicantes por qué me querían matar.

 

Les lancé un aullido para reclamarles por qué me querían desaparecer. me levanté y

 

quise correr hacia la calle; cuando casi ganaba la calle, me cayeron encima varios

 

jóvenes practicantes que estaban en ese momento en la sala y me tumbaron, mientras

 

yo les gritaba:

 

“Déjenme, ¿por qué me quieren matar?”

 

La respuesta fue una inyección en la asentaderas. Cuando el líquido corría por mi

 

cuerpo, sentí una invitación a dormir a fuerzas.

 

Al abrir los ojos, me subían a una ambulancia, amarrado. Me enviaban al Hospital

 

Psiquiátrico de Guadalajara. Iba como un loco más. Junto a mí, iba María Elena, le

 

pedí que me diera agua. Sentía bastante sed. Tenía la boca seca. Me exprimió varias

 

naranjas en la boca, con el movimiento de la ambulancia, en ocasiones me caía el

 

líquido en la boca, pero otras, me corría el líquido pegajoso y azucarado por el cuello.

 

Para darme agua pura, también utilizaron un conito de papel, el que se deshacía en mi

 

boca por el movimiento de la ambulancia, que corría por la carretera internacional de

 

Culiacán a Guadalajara, llevando un demente que requería atención médica

 

inmediata.

 

“NO TIENE NADA EN SU CABEZA”; OPINA LA CIENCIA MEDICA

 

En el Hospital Psiquiátrico de Zapopan, de Guadalajara, me hicieron una serie de

 

estudios en la cabeza, los que resultaron negativos: “no tiene nada”, opinó la ciencia

 

médica; lo que permitió que me pasaran a la Clínica del Seguro Social de la perla

 

tapatía. Ahí, una doctora insistió en que me tenían que hacer un estudio especial en el

 

que “sólo tiene un 5% de posibilidades de morir y un 95% de vivir; lleva todas las de

 

ganar”. Empero, afortunadamente, mi familia no dejó que me tocaran un pelo más, sino

 

que acordaron, por unanimidad, solicitar que me dieran de alta, para poder sacarme de

 

este lugar y trasladarme a la ciudad de México, donde buscarían la forma de ponerme

 

en manos de especialistas.

 

Y me sacaron del hospital Psiquiátrico de Guadalajara y a bordo del automóvil de mi

 

sobrino me trasladaron a la ciudad de México. Me

 

acompañaba mi sobrina Gloria Gómez y su esposo José Barrera, y mi madre

 

Dolores.

 

El médico alzó las radiografías y las colocó en el aparato iluminado. Las observó unos

 

instantes, y de inmediato giró las órdenes para que me trasladaran al Hospital de

 

“Lomas Verdes”. Mientras las llantas de la ambulancia rodaban por las calles del DF.,

 

la sirena abierta de la ambulancia se complementaba con las luces de colores que se

 

introducían por las ventanillas ininterrumpidamente.

 

“¿De quién son las radiografías?” preguntó el galeno de “Lomas Verdes”. Se

 

sorprendió que alguien estuviera en píe con una lesión en la columna vertebral de

 

tamaña magnitud. Apresuradamente dio órdenes para que me colocaran el compás de

 

“K”. Me raparon la cabeza. El ruido del taladro zumbaba en mis oídos. La sangre me

 

escurría por las mejillas. Perforaron ambas partes del cráneo, arriba de la sien. No

 

hubo dolor, porque previamente aplicaron sendas inyecciones que adormecieron mi

 

cabeza, pero no me hicieron perder el sentido. La cama estaba sumamente fría, y

 

empezaron las 17 noches más horribles y dolorosas de toda mi vida.

 

Una de esas noches, hasta la cama se acercó una persona vestida de negro a

 

preguntarme que ¿cómo me encontraba? Descubrí que era un sacerdote, y de

 

inmediato le hablé de las bondades de Jesucristo. Puesto de píe me escuchó largo

 

rato. Me miraba a los ojos como queriendo encontrar algo. Le dije cuanto pude del

 

Señor Jesucristo en un lapso breve. me dijo:

 

“¡Soy sacerdote!”.

 

Ya lo sabía, una voz me lo había dicho antes. No le respondí, lo vi perderse en la

 

puerta que estaba a mis pies. Esta era mi ilusión, saber que un día por esa puerta

 

entraría alguien a decirme que estaba completamente sano, y que me daban de alta.

 

PREPARATIVOS PARA LA OPERACION.

 

Los primeros días parecía que el tiempo estaba atorado. Las horas en mi reloj se

 

estiraban, los días eran de 48 horas. El tiempo se detenía en los aparatos del hospital,

 

mientras el compás de “K” jalaba con 9 kilos de peso mi cabeza. Los instantes y los

 

segundos pasaban cada día más y más. Tenía dos tornillos introducidos en mi cráneo,

 

por eso solo me habían puesto 9 kilos de peso, decían los médicos y enfermeras que

 

cuando se les ponen 3 tornillos a los enfermos se les pueden colocar hasta 20 kilos de

 

peso. No me interesaban los comentarios, solo quería recuperar mi salud, levantarme y

 

caminar de la mano con Jesucristo.

 

Hay quienes apapachan al diablo, en las condiciones en las que me encontraban, y

 

hasta allá fue otra vez la mujer a buscarme para terminar de hacerme daño. El diablo

 

no ceja en su empeño cuando se propone destruir a alguien. Los dolores aumentaban,

 

la opresión crecía y todo parecía indicar que el enemigo se saldría con la suya. Dice la

 

Palabra de Dios:

 

“Si el justo cae 7 veces, 7 veces el Señor lo levantará”.

 

Enmedio de aquellas noches de insomnio envuelto en el llanto y el dolor. No había un

 

instante de reposo. Todo duele, duele la cabeza, las manos, el cuerpo, las rodillas, los

 

ojos, el corazón, el alma, el espíritu, el cabello, los dedos, el estómago, el hígado, los

 

riñones, los pulmones, las caderas, las muñecas. La confusión se agolpa en tu cerebro,

 

y lo mismo se te hace vivir o morir.

 

Envuelto en esa vorágine de dolor, sonó esa mañana una hermosa voz:

 

“Mañana jueves lo vamos a operar”.

 

Que agradable fue escuchar esas palabras. Por fin me meterían el cuchillo, Hasta que

 

se va a acabar el suplicio, pensaba.

 

Hasta que iba a terminar ese dolor que me estaba lastimando, al tener que estar en

 

una misma posición las 24 horas. Me ardía el cráneo, en la parte que se les pela a los

 

niños recién nacidos, cuando las madres son desobligadas y no los cambian de

 

posición.

 

Me introdujeron en aquel cuarto frío. Había grandes lámparas. La iluminación era

 

perfecta. Me colocaron una inyección en la mano izquierda; era la que estaba en

 

buenas condiciones. La derecha, casi había perdido su movilidad por la lesión en la

 

columna vertebral. Perdí el conocimiento. Recuerdo que me movieron para voltearme

 

boca abajo. Mi cuerpo estaba sin control, completamente anestesiado.

 

Me subieron al cuarto piso, cama 413. La habitación más grande de todo ese piso. De

 

nada servía, solo podía subir un familiar con el pase, pero ¿de qué me servían los

 

familiares? Los dolores eran intensos. No podía dormir. La fractura en la sexta cervical

 

obligó a los doctores a abrir una zanja en mi carne de 20 centímetros, en donde

 

empieza el cuero cabelludo y otra de 10 centímetros al lado izquierdo de la cadera. De

 

esta última sacaron un injerto para buscar asegurar la parte que se había hecho talco,

 

al impacto de mi cabeza con la pared.

 

Los dolores subían de intensidad. Conforme avanzaban los días, la inmovilidad del

 

cuerpo me había ocasionado un estreñimiento espantoso. El suplicio en toda su

 

plenitud. A ratos me daban masaje en el cuerpo que servían para sentir un descanso

 

breves minutos, pero luego, parecía que los dolores subían de intensidad.

 

Aquello parecía un sueño de horror.

 

Los dos surcos en mi carne y el dolor que ocasionaba el compás de “K” al

 

jalarme la cabeza con nueve kilos de peso, parecía uno de aquellos tormentos de la

 

Santa Inquisición, ideado por el diablo.

 

Noches llenas de lágrimas y dolor me esperaban aún más adelante.

 

Las primeras noches me cuidaba María Elena, pero a causa de su embarazo, mas

 

tarde fue mi madre quien se comprometió a quedarse a dormir en mi cuarto para

 

prestarme ayuda, pero, ¿dónde estaba mi hermano Juan Manuel? Decían que se

 

había ido a Culiacán a buscarme luego que se enteró de mi desgracia.

 

El sería de mucha ayuda en estos instantes de intenso dolor físico, pero ¿dónde

 

estaba?, pregunta sin respuesta.

 

Un día, apareció en la clínica de Lomas Verdes del IMSS. Ahí estaba, preocupado,

 

triste, cabizbajo por lo que me había sucedido.

 

Por las noches en que aumentaba mi dolor, Juan Manuel oraba con intensidad al

 

Señor para que me diera el alivio. Entonaba alabanzas en voz baja a mi Salvador. Por  

 

mi parte, en ocasiones solamente alababa al Redentor con el pensamiento. No tenía

 

aliento para abrir la boca ni cantarle al Señor Jesucristo. Estaba completamente

 

destrozado, física y espiritualmente.

 

SUPLICIO DE 17 DIAS

 

Fueron 17 los días de suplicio que pasé en la clínica de Lomas Verdes. Aquellas

 

noches parecían interminables. Por primera vez sentí lo duro que es conjugar el

 

insomnio con el dolor, aquel ¡aayyyyyy! de dolor que salía de mi garganta, nunca se

 

apartará de mi mente. Pero tampoco olvidaré la gran misericordia de mi Dios que me

 

sostuvo para no huir por la puerta del suicidio o para no dejarme morir.

 

Con el cuero cabelludo completamente llagado, por tener que estar en una sola

 

posición durante las 24 horas del día, la lucha se hizo más intensa.

 

En uno de esos días, le dije a Juan Manuel que ya estaba cansado, que me daban

 

ganas de arrancarme todo lo que tenía en la cabeza para terminar de una vez por todas

 

con lo que me estaba martirizando. El diablo rondaba el cuarto 413 y quería terminar

 

con su obra destructora que empezó el 8 de abril, pero gracias a Dios que me dio

 

resistencia para soportar los embates del maligno.

 

La tribulación produce paciencia, dice la Biblia.

 

Un día entró la enfermera con una tina en la mano. Traía los utensilios para bañarme.

 

Me pasaba la esponja por el cuarto y luego me iba secando. El baño me cayó mal y

 

empezó a subirme la temperatura. De inmediato los médicos intervinieron para frenar la

 

calentura. El diablo seguía atacando. Gracias a Dios que todo quedó en un susto. La

 

fiebre cedió, no hubo mayores problemas.

 

Con agrado recuerdo a médicos y enfermeras de la clínica del IMSS del Lomas

 

Verdes., pero llevo grabado en mi corazón a Andrea, la enfermera menudita, y de

 

sentimientos enormes. Ella, la de la bata blanca impecable que siempre traía una

 

amplia sonrisa para todos. Dios la bendiga y la guarde donde quiera que se encuentre.

 

¿Cómo olvidar al doctor Ramón del Cueto?, el amigo que siempre me escuchó. Fiel y

 

atento con todos los pacientes. Lo recuerdo cuando le dije en su cara que él era un

 

buen instrumento en las manos de Dios, porque había sido utilizado para que el Señor

 

me sanara. Lo aceptó porque el tipo de lesión que sufrí, es de los que dejan secuelas

 

de invalidez en manos y pies, y Gracias a Dios, pude reincorporarme a la vida activa,

 

sólo que ahora, en los caminos del Señor. Se acabó el pecado para Gustavo Alonso.

 

Un día se presentó en la habitación 413 una persona desconocida. Fue a ofrecerme un

 

“sommy”, el aparato que necesitaría para mantener inmóvil la cabeza por meses para

 

que mi columna vertebral soldara completamente. Quería 20 mil pesos por él. Ahora ya

 

lo tenía, solo me restaba esperar la orden médica para poderme levantar, al menos me

 

consolaba porque me faltaba poco para ponerme de pie. Algo acariciado por mi mente

 

cada vez que lo recordaba.

 

Llegó el día esperado para colocarme el “somy”. Entraron los médicos que me

 

pondrían el aparato. Me quitaron el peso de 9 kilos de la cabeza. Me pusieron de píe.

 

Como quien desarma un robot, me empezaron a sacar los tornillos que tenía injertados

 

en el cráneo. Ese era un dolor especial. Sudaba copiosamente mi frente. Cada vuelta

 

del tornillo sentía como si fueran a saltarme los ojos. Los médicos se salieron del cuarto

 

y me dejaron de píe. Atónito, no me movía, solo esperaba el momento de ver mi nariz

 

pegada al linóleum del piso. Juan Manuel se asomó, me ayudaron a recostarme. Me

 

daba temor estar de pie. Los siguientes días mi hermano me animó a estar de píe. En

 

una silla de ruedas me paseaba por todo el piso. Con interés me asomaba por las

 

ventanas para ver el movimiento de los vehículos que transitaban por las rápidas

 

avenidas.

 

Llegó el día de mi alta. Impaciente, ya me quería a casa con mis padres. Llegó mi

 

sobrino en un desvencijado auto compacto; pero por las carreras, se le olvidó llevar mi

 

ropa. Me regalaron la avejentada bata blanca del IMSS. Con la autorización del

 

personal administrativo de “Lomas Verdes”, abandoné la clínica. Cuando el auto

 

empezó a rodar por aquéllas calles, me sentía bien. Me agradaba estar fuera del

 

hospital; sentía que mi libertad había llegado. En mi mente se agolpaban recuerdos del

 

pasado: la posesión demoniaca, los suplicios y dolores pertenecían al pasado.

 

Luego de bajarme del Volkswagen, me encaminé a casa; ahí en la puerta estaba mi

 

hijo Luis Omar, cuando me descubrió y vio el estado en que me encontraba, suspiró

 

y dijo:

 

Pobrecito mi papá.

 

Cómo me encontraría este pequeño, que se condolió de mí y se olvidó por completo

 

que apenas unos días antes lo había golpeado con el cinturón.

 

“NO SEAS COMO EL CABALLO”

 

Durante los primeros días que pase en casa, no dejaba que nadie se me acercara.

 

Tenía temor. Me gustaba estar solo en el patio, mirando al cielo, o bien, las plantas que

 

sembró mi papá. Mi carácter era irritable. Ahí me pasaba las horas pensando, triste,

 

meditabundo. Al ver las primeras reacciones, mi madre se preocupó y se lo comentó a

 

mi hermano:

 

“Tu hermano está muy triste, no quedó bien”.

 

Pero no era nada alarmante, sino que el recién nacido, espiritualmente, recién caído y

 

recién levantado por el Señor, estaba en completa etapa de afianzamiento.

 

Días después, Juan Manuel dijo que tenía que testificar lo que el Señor había hecho

 

en mi vida. Citamos a todos los familiares que viven por la zona cercana a Reclusorio

 

Norte.

 

Diez días más tarde, estaba diciéndoles a más de 40 familiares mis experiencias.

 

“El diablo me engañó”

 

Cuando esta frase salió de mi boca, sentí cómo tronó mi espalda. En ese instante

 

había sido hecha de nuevo. La seguridad de volver a mi vida activa había sido

 

Jesucristo me había regalado mi salud. En esos momentos sentí que mi columna

 

confirmada con la sinceridad de mi boca. Durante este culto familiar hubo influencia

 

satánica. Desconcertado, sentía temor al hablar. pero algo dentro de mí me alentaba a

 

seguir adelante, para quitarle la máscara al diablo.

 

Los resultados no se hicieron esperar. María Elena no soportó y rompió en llanto;

 

empezó a sentirse mal y la tuvieron que llevar a otro cuarto. Seguí adelante diciendo la

 

verdad, sobre lo que me pasó por desobediente.

 

Mis familiares me veían con recelo, como diciendo “este se quedó loco de remate”; sólo

 

que un demente no alaba a Dios, sino que le da por tomar bebidas embriagantes,

 

fumar cigarros o mariguana. Le da por mentir, por golpear a su familia, por levantar

 

falsos, por criticar, y todas esas cosas que el enemigo de nuestras almas ha ideado

 

para apartar al hombre o mujer de su Creador.

 

Qué locura más rara empecé a experimentar; porque ahora podía ver con toda claridad

 

el rostro de mi Salvador; ahora entendía todo lo que había sucedido.

 

Solamente un mes más tarde, llegó a casa una señora; la había visto una vez hacía

 

tiempo; ahora estaba ahí y dijo que me traía un mensaje, ¿de parte de quién? pregunté,

 

y dijo que era de Dios:

 

Dice el Señor que cuando una persona ha vivido mucho tiempo en una casita, y

 

llega otra persona y se mete; ahí va a haber un problema, ahí va a haber un pleito,

 

una disputa. Pero dice el Señor que no se apure, que Él está con usted. Así es que

 

usted sígale para adelante, buscando siempre el rostro de Dios. No se detenga.

 

Surgió una pregunta: ¿Cómo supo la hermana Macrina lo que me había sucedido?

 

Esto, solamente tiene respuesta si aceptamos la verdad: Que Dios envía a sus

 

mensajeros para llevar palabras de aliento a quienes la necesitan; para llevar consejos;

 

para prevenir a sus hijos de los atentados del diablo.

 

“De oídas te había oído

 

mas ahora mis ojos te ven” Job. 42:5.

 

Ahora veía al señor Jesucristo. Antes no, porque mis ojos estaban clavados en el

 

pecado. Mi cabeza estaba inclinada al suelo, al igual que los pollos cuando andan pica

 

y pica la comida. Pero gracias a Dios que me permitió mirar al cielo, para ver con

 

claridad toda la grandeza de su creación. Para mirar al firmamento, por donde ha de

 

venir nuestro Redentor a levantar a su pueblo.

 

¡Cristo Vive! Es el grito que nunca dejaré de lanzar mientras tenga un hálito de vida,

 

porque es una realidad grande, ¡Cristo viene pronto! es otra realidad que nadie

 

puede ocultar, y mucho menos negar. ¡Cristo salva! es otra de las verdades que les

 

diré por donde quiera que me lleve el Señor; porque si hay alguien que lo dude,

 

mírenme a mí, un pecador empedernido alcanzando la misericordia de mi Dios. ¡El

 

¡Señor Jesucristo es real, existe, y te está llamando par que no te pierdas! ¡Aleluya!

 

Gustavo Alonso, quien pensaba que Dios era un mito, una invención de los

 

judíos para darle atole con el dedo al mundo, estaba completamente equivocado.

 

Ahora reconozco que la Biblia es la Palabra de Dios; hoy sé que hay un Dios vivo.

 

Que mi Señor y Salvador ya no está en una cruz. Hoy entiendo que El no vino al

 

mundo para enseñarnos a morir. ¡No! El vino para rescatarnos del pecado y librarnos

 

de la muerte.

 

Con mi reincorporación al medio periodístico, se levantó una ola de rumores. Primero,

 

cuando llegué a Culiacán y hablé por teléfono con Antonio Quevedo Zuzunaga,

 

quien sirvió para que el diario Noroeste me contratara, me interrogó sobre los objetivos

 

inmediatos. Buscaba que tuviéramos un diálogo para ver mi estado mental. Cuando

 

estuve delante de él, no me comí un zapato, sino que le dije mis intereses

 

fundamentales e inmediatos: seguir a Dios por donde quiera que vaya. Respetar la

 

Palabra de Dios por sobre todas las cosas. Vivir para Dios antes que para el mundo.

 

 

Antonio Quevedo me preguntó cuándo me vio regresar de México:

 

“¿Y.....cuáles son tus aspiraciones?”

 

Respondí:

 

“Mis intereses inmediatos son seguir al Señor Jesucristo; hacer su voluntad; servir

 

primero a Dios antes que a el mundo”.

 

Fue un cambio radical en mis aspiraciones, porque antes sólo deseaba el poder, dinero

 

y las faldas, pero ahora, con esa experiencia personal con el Señor Jesucristo,

 

anhelaba seguirle solamente a EL

 

Antes de llegar a conocer al Señor Jesucristo, cuando intenté leer la Biblia, me

 

entraba una especie de sopor y aburrimiento, muchas veces mejor optaba por otro tipo

 

de lectura. Lo que fuera, decía, menos la lectura de la Santa Palabra de Dios.

 

Cuando llegaba a leer un poco de la Biblia, en forma inmediata se desvanecía en mi

 

cerebro el mensaje de Dios; no lo retenía, por el contrario, lo olvidaba con suma

 

facilidad.

 

En cambio, cuando se trataba de otro tipo de lectura, por ejemplo, de un partido de

 

fútbol, box, lucha libre o espectáculos, se me quedaba fija en la mente jugada por

 

jugada; golpe por golpe; llave tras llave, o chisme tras chisme. No entendía que es en

 

el cerebro en donde se gestan las luchas espirituales que no se ven, pero son

 

marcados los daños que ocasiona.

 

El mundo no ve estas luchas, no las cree, las siente, sí, pero no le interesan.

 

¡Miente quien dice que por sus gustos no le interesa la lectura de la Biblia, porque

 

ignora que no es él quien decide lo que le conviene o no; y no se da cuenta que es

 

manipulado por el enemigo de nuestras almas; que es un encadenado más del

 

demonio, que lo maneja como si se tratara de un simple títere o monigote, y no se ha

 

dado cuenta.

 

Gracias a Dios, hoy predico a Jesucristo, hoy vivo para EL. Y no porque ésta haya

 

sido una decisión mía, sino porque esa fue la misericordia de Dios. El Señor

 

Jesucristo llegó a mi vida. He tenido múltiples experiencias en el camino con mi

 

Salvador. Le he predicado a muchas personas del plan de salvación; he testificado en

 

iglesias de las bondades del Creador del Universo y lo seguiré haciendo porque

 

reconozco que:

 

¡Jesucristo vive!

 

¡Jesucristo es El Señor!

 

¡Jesucristo te ama!

 

¡Jesucristo no quiere que te pierdas!

 

Jesucristo viene pronto!

 

¡JESUCRISTO LLEGÓ A LA REDACCION DEL PERIODICO Y ME SALVÓ!

 

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