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Al Ladrón, Al Ladrón por Félix Cortés Camarillo Al Ladrón, Al Ladrón por Félix Cortés Camarillo
Si no fuera por los pocos
que haciéndose los locos
apuntalan tu dignidad
fingiendo que no se enteran
te dejan que les quites la cartera..
Joaquín Sabina, Al Ladrón, Al Ladrón

El otro día una runfla de delincuentes disfrazados de mujeres encapuchadas, pintarrajeó las puertas de Palacio Nacional y sus muros, cosa que molestó notablemente al señor presidente López, quien reclamó el acto vandálico repitiendo la cantaleta de que ellos los de ahora ya no son como los de antes y que su gobierno condena los feminicidios y que iba a tomar severas medidas; claro que antes les había arengado a los de la Guardia Nacional que los delincuentes eran seres humanos a los que había de respetarles sus derechos.

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Universidad y Cultura / « Ruth en París Por Jesús Chávez Marín»
    Fecha: 26 de Enero del 2020 | Reportero(a) Manuel Cabrera

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Ruth en París Por Jesús Chávez Marín
Ruth en París     Por Jesús Chávez Marín

 
A los 25 años, Ruth era pasante de ingeniería industrial, había tenido su primera experiencia laboral como residente en la Coca Cola y ahora ya era nada menos que jefa de logística en TRW; se disponía a tener un futuro brillante. Ya tenía cinco años de trabajo duro y ahora llegaba la recompensa, ese nuevo puesto le trajo dinero y un poco de tiempo más ligero.

 Estaba recién divorciada y aún su corazón andaba en pleno duelo; hasta con la más estúpida canción de ardidos le calaban los seis meses de esa muerte chiquita que se llama ruptura sentimental. Para entretener los insomnios despechados, empezó a navegar en las redes sociales de parejas, donde virtualmente hay un mar de hombres disponibles a casarse de inmediato o a lo que sea, según lo anuncian sus comunicados. Así conoció a Alain, un francés muy fotogénico. A pesar de sus esfuerzos y medias luces, parecía del doble de su edad, pero aun así Ruth lo encontraba atractivo, muy correcto e intelectual.

 Todo empezó con mensajes esporádicos de whatsap: “Qué buena foto”, “Te ves muy bien”, “Cada vez me gustas más”. Palabras que le producían excitación, pero que respondía simplemente con un: “Gracias”. Un domingo por la tarde, Alain le preguntó mil cosas, quería saber más de ella, que si salía mucho a la playa, que le encantaban las fotos en vestido de baño y muchas otras cositas. La conversación fue tan amena que rápidamente surgió la química y ella no lo podía creer, ¡estaba hablando con su amor virtual!

 A las pocas semanas, la conversación terminó con la clásica propuesta de verse por la pantalla. Ruth se había reído toda la vida cuando le contaban de mujeres que habían conocido novios de Internet, de sesiones ante computadoras con ojos electrónicos, desnudos tremendos, masturbaciones delirantes y el chat con miles de cuadritos de intercambio. Pero en su nueva libertad también comenzaba a disfrutar estos placeres que al principio le parecían raros y que ahora los miraba sencillos, último refugio de los hombres complicados.

 A pesar de eso, ella era siempre ha sido mujer de acción, no contemplativa. Aunque andaba algo enamorada de Alain, por sus palabras que “sonaban” sinceras, elegantes, discretamente poéticas, pero sobre todo muy tiernas, no sentía que tuviera por qué entregar nuevamente el corazón; aún así, había una moneda en el aire y, pues, a ver qué señalaba la suerte. En cuanto pudo gestionar sus primeras vacaciones de ejecutiva golden, decidió hacer catarsis, ponerse delante de sus deseos y enseñar a los muertos de su armario lo que era la plena libertad.

 Alain ya le había insistido en conocerse y esta vez ella tomó la gran decisión, hizo maletas para dirigirse a Francia. Sabía que él era casado, pero, por las vacaciones, su esposa y los hijos andaban de viaje, él quedaría solo. Al llegar al destino, la recogió en el aeropuerto y la llevó a una casa lujosa y cómoda.

 En cuanto se instaló en una recámara que le tenía preparada, se puso a cocinar una rica ensalada, le sirvió una copa de coñac delicioso que la hizo sentirse tranquila, como si se conocieran de toda la vida.

 

―Toma estos chocolates. Gracias por estar aquí ―decía con untado cariño, no hallaba dónde ponerla; se veía algo nervioso.

 Escuchaban música, bailaron a la mitad de la sala, luego entraron a la recámara principal; al poco rato ya estaban acostados, cubiertos con una sábana muy fina color de vino tinto. Comenzaron a charlar y se fue serenando la tensión; le dijo que todas sus fotos de whtsap las tenía guardadas, que le parecía la mujer más hermosa. Luego de esa declaración, la besó y ella, con el corazón a mil, respondió con delicia. Hicieron el amor, noche nupcial.

 Al día siguiente Ruth tenía una cara de felicidad resplandeciente, y aunque sabía que todo este asunto era arriesgado, no podía dejar de sentir, no se le borraba del cuerpo la elasticidad del gozo. En el paseo, ella estaba encantada con él, sus atenciones, su madurez, la sonrisa y hasta sus canas, todo le atraía.

 Por la tarde, él llegó de la oficina y la saludó muy tierno, le dijo que estaba maravillado de tenerla, que otra vez quería estar con ella, y claro, Ruth encantada. Los días pasaban y crecía el caudal de ese río, miradas, sonrisas, besos interminables. Les producía un placer muy alegre hablar de sus encuentros sexuales, también platicaban anécdotas de sus vidas personales, aunque no se tocaba el tema del por qué estaba él engañando a su esposa, sabían lo que estaban haciendo y que moralmente eso tenía sus bemoles, pero el fuego, la química y la empatía que había entre Ruth y Alain era mayor que todo eso.

 Volando pasan los días en el paraíso terrenal. La esposa de Alain estaba por volver y ella seguiría su viaje hacia Praga, era su siguiente destino de vacaciones y le quedaban diez días de lujosa libertad. La tarde anterior a la despedida, hicieron el amor tres horas, no querían deslazarse de aquellas acciones físicas y espirituales que ya eran ritual de palabras, caricias y humedad placentera. Ella le dijo:

 ―Ven conmigo a Praga, no quiero separarme de ti.

 ―Pero, mi cielo, ¿y mi trabajo? La familia, mis hijos, ¿de veras me estás pidiendo que deje todo?

 ―Mira, por lo pronto viaja conmigo a Praga, ya luego veremos qué pasa.

 ―No creo poder despegarme de la empresa, hay asuntos que requieren mi presencia, y delegarle el trabajo a alguien, como que no me gusta esa idea, lo siento, mi amor, por ahora eso es imposible.

 ―Sí... ya lo sé. Pero entonces todas las palabras que me dices, que soy un milagro en tu vida, que nunca habías experimentado tanto placer como conmigo,  ¿todo eso no cuenta?

 Alain tuvo que reconocer que había dicho en repetidas ocasiones todas esas palabras y muchas otras, y que ahora la realidad lo reclamaba. Pero no le quedaba claro cuál realidad pudiera ser: su estabilidad económica y familiar o aquella mujer joven y hermosa de la cual ya se había enamorado perdidamente y quizá fuera el amor, el verdadero, el que había imaginado desde joven y que nunca se había dado antes. Así lo pensaba con la pasión de aquellos días. Sin embargo, apreciaba mucho la armonía conyugal de su vida, tranquila y estable.

 ¿Para qué se hacían ilusiones? En el fondo, ambos sabían que su amor no tenía  futuro. Aún así, querían intentarlo todo. Alain acordó una última cita: la invitó al cumpleaños de uno de sus socios. Llegó ella muy orgullosa del brazo de Alain; los ojos del socio se clavaron en el escote de su espalda que se ceñía y dibujaba un cuerpo hermoso, cincelado por el yoga. Ruth noto cómo su mirada la atravesaba, al quedar frente a él para felicitarlo, pudo comprobar que un intenso brillo perverso afloraba en los ojos. Alain la presentó como su prima, para no levantar sospechas.

 ―Ven, linda, voy a presentarte a otros amigos.

 Eran los típicos hombres de negocios, adinerados y ególatras. Alain no era así, él siempre veía más allá de la pelusilla de su ombligo. La reunión era un éxito, aunque agotadora, y no tenía para cuando terminarse; Ruth ya estaba muy fastidiada, pues en toda la noche no había podido acercarse amorosamente a Alain.

 A las cinco de la madrugada, un agitado y ebrio cumpleañero se acercó tambaleante Ruth, con un vaso de vino en la mano.

 ―Hola, bella, te veo un poco cansada. Qué te parece si… me acompañas a mi alcoba. ¿Subimos?

 Bastó con ofrecerle su mano para que en cuestión de minutos estuvieran en una majestuosa suite.

 ―Hoy has sido la atracción y el recreo, tanto de hombres como de mujeres. Sabía que no me equivocaba contigo, eres muy hermosa, mi socio tiene una prima espectacular.

 ―Me alegra oírte decir eso, es difícil estar a tu altura ―se sinceró Ruth.

 Él iba depositando besos en su espalda, allí donde la tela no cubría la piel.

 ―Siempre estarás a la altura, preciosa.

 Entraron a la alcoba en plena acción, los dedos del hombre recorrieron su cintura y su boca devoraba la zona entre el cuello y el hombro, mientras dejaba caer el vestido de raso negro. Dio media vuelta para enfrentar su mirada.

 Tenía los ojos abiertos de par en par, la boca entreabierta como si no pudiese respirar. Había acertado y eso a él le fascinaba. Su mirada parecía hacerle un scanner completo y podía sentir cómo se humedecía al saberse tan observada. Adoró esa mirada suya entre arrebatada y tierna, hambrienta y dulce.

 Ruth se acercó a él contoneando las caderas despacio, lento, estudiando cada gesto. Él la tomó por la cintura de manera posesiva.

 ―Adoro tenerte así, solo para mí ―susurró, acercándose a su boca.

 ―Soy toda tuya. ―Sabía que eso no debería decirlo, pero su lengua fue más rápida que el cerebro.

 Su virilidad abultaba el pantalón del traje hecho a la medida. Un gemido escapó de su garganta cuando metió la mano dentro del pantalón y acarició su masculinidad por encima del bóxer.

 ―Mmmh, excelente―pensó, excitadísima.

 ―Llevo así toda la noche por ti, no sabía cómo disimular ―sonrió él.

 Las yemas de sus dedos rozaron sus mejillas, el cuello, la clavícula, los hombros, y dibujaron el contorno de su silueta hasta llegar a las nalgas; se aferró a ellas con ambas manos y se estremeció ante ese contacto delicioso.

 Fue empujándola hasta la cama, la tendió en ella, separó sus piernas y se acomodó entre el interior de sus muslos.

 ―Lo siento, contigo no puedo tener paciencia ―se excusó.

 Ruth estalló, llena de gozo.

 Poco tiempo después, un sentimiento de culpa la invadió al ver entrar en la alcoba a Alain.

 La miro con asombro, sus palabras la tomaron desprevenida.

 ―Yo comenzaba a sentir un gran amor por ti, estaba decidido a dejar mi esposa, mis hijos. Pero, como comprenderás, necesitaba estar seguro de ti. Y ya veo que estas dispuesta a entregarte a cualquiera que te las pida.

 Eso para Ruth fue una auténtica bomba, el estúpido de Alain la había puesto a trampa.

 ―Y ahora mismo te me vas a la chingada―dijo Alain.

 ―Por supuesto que me voy, pues qué esperabas―casi gritó Ruth― en cuanto recoja mi maleta de tu casa me largo a un hotel, y ni se te ocurra llamarme nuca, infeliz.

 Se vistió rápidamente y salió de la alcoba.

 Esa había sido su última cita. Ni uno ni otro hicieron nada para volver a verse. Una noche de locura y de sexo con un desconocido irresistible le abrió los ojos; su atrevimiento y descaro, del que ella misma estaba sorprendida al día siguiente, la salvaron de una aventura que no iba para ningún lado, a pesar de la pasión de verano de aquellas vacaciones que de cualquier forma serían inolvidables.

 Ruth nunca se volvió a involucrar en amores virtuales. Durante algún tiempo empezó a rechazar a cuanto hombre llegaba a su vida con intenciones de formar una familia o de cosas así de comprometidas y fatales. Luego de aquellos meses de abstinencia, se dedicó algunos años a darle vuelo a la hilacha, y al amor de vez en cuando, pero en todo aquello siempre le quedaba muy claro que su valor más apreciado era su amada y a veces alocada libertad.

 

Jesús Chávez Marín


 

 

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